Datos del tercer trimestre de 2025 revelan que la provincia norteña registra uno de los niveles más altos de subocupación demandante del país, cercano al 15-16%. Miles de riojanos trabajan, pero necesitan más horas o un segundo empleo para sobrevivir. En un contexto nacional de recuperación macroeconómica con crecimiento proyectado, esta realidad expone las grietas en la calidad del empleo y plantea desafíos urgentes para las políticas de desarrollo regional.
La Rioja se posiciona como uno de los distritos con mayor presión laboral en Argentina. Según cifras analizadas por especialistas, la subocupación demandante —aquella que agrupa a personas ocupadas que desean trabajar más horas o buscan activamente un empleo adicional— alcanzó alrededor del 15% al 16% en el tercer trimestre de 2025. Esta marca se ubica muy por encima del promedio nacional y refleja una problemática estructural que trasciende la mera tasa de desempleo abierto.
No se trata solo de falta de trabajo, sino de la insuficiencia del que existe. En provincias como La Rioja, históricamente dependientes de la administración pública, la construcción, el turismo estacional (como la Fiesta Nacional de la Chaya) y actividades primarias, muchos empleos son precarios, temporales o de baja remuneración. Un trabajador puede tener un puesto formal o informal, pero sus ingresos no cubren las necesidades básicas ni permiten proyectar un futuro estable, obligándolo a buscar horas extras o un segundo source de ingresos.
El contexto nacional: crecimiento macro vs. realidad cotidiana
Esta situación en La Rioja no es aislada, pero sí emblemática. A nivel nacional, Argentina muestra signos de recuperación en 2026: proyecciones del BID y otros organismos estiman un crecimiento del PBI cercano al 3,8%, superior al promedio regional. El Gobierno destaca la salida de la recesión, superávit fiscal y un récord posible en exportaciones que superaría los USD 100.000 millones. Sin embargo, la inflación mensual se mantiene por encima del 2,5-2,9% en los primeros meses del año, con inercia que complica la meta de llegar a un dígito inicial más rápido.
En este escenario de “dos velocidades”, el interior del país siente con mayor crudeza las limitaciones. La subocupación no solo erosiona el poder adquisitivo, sino que genera estrés familiar, migración de jóvenes hacia grandes centros urbanos y menor dinamismo en el consumo local. En La Rioja, donde el tejido productivo es más vulnerable a ciclos estacionales y a la dependencia de transferencias nacionales, esta brecha entre “tener un empleo” y “vivir dignamente” se profundiza.
Expertos en economía regional señalan que la subocupación demandante es un indicador más sensible que el desempleo tradicional para medir la calidad del mercado laboral. Representa la frustración de miles que, pese a estar “ocupados”, perciben que el sistema no les ofrece oportunidades plenas. Factores como la informalidad elevada, la baja productividad en ciertos sectores y la dificultad para atraer inversiones privadas sostenibles agravan el panorama.

Desafíos y posibles caminos
El caso riojano interpela directamente a las políticas nacionales y provinciales. Mientras el ajuste fiscal y la estabilización macroeconómica logran avances en las grandes variables (reservas, riesgo país, disciplina fiscal), queda pendiente la agenda de la “segunda generación” de reformas: generación de empleo de calidad, formación profesional alineada a demandas productivas, incentivos para la inversión en el interior y fortalecimiento de economías regionales.
En La Rioja, iniciativas vinculadas al turismo, la vitivinicultura, la minería sustentable o el aprovechamiento de energías renovables podrían ofrecer salidas, pero requieren infraestructura, capacitación y acceso a crédito en condiciones accesibles. La dependencia excesiva del empleo público, que históricamente actuó como amortiguador social, muestra sus límites en un contexto de mayor exigencia fiscal.
Esta realidad también tiene impacto político y social nacional. En un año donde se discute el crecimiento para 2026 y la consolidación del modelo económico, las provincias del norte y centro-oeste como La Rioja funcionan como termómetro de la inclusión real. Si la recuperación no llega con “empleo decente” —con horas suficientes, salarios que acompañen la inflación y perspectivas de carrera—, el descontento social puede extenderse más allá de las cifras macro positivas.
La subocupación en La Rioja no es solo un número estadístico: es el testimonio de familias que se levantan temprano, trabajan todo el día y aun así sienten que les falta. Convertir ese esfuerzo en progreso tangible representa uno de los grandes desafíos pendientes para construir una Argentina más federal y con oportunidades equitativas.
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