El desplome de la imagen de Armando Molina en la Capital y la ubicación de Ricardo Quintela en el fondo del ranking federal exponen una crisis de gestión. En contrapartida, la resiliencia de Javier Milei en suelo riojano y el rotundo rechazo a la figura de Axel Kicillof marcan un cambio de ciclo en la representatividad política de la provincia.
El mapa de opinión pública de febrero de 2026 en La Rioja no solo ofrece datos, sino que revela una tendencia estructural: el fin de la hegemonía discursiva del oficialismo provincial. Los números de CB Consultora muestran una provincia fragmentada donde el “clima de época” nacional parece permear con más fuerza que el relato local.
El agotamiento del modelo capitalino: El factor Molina
El dato técnico más crudo es la situación del intendente Armando Molina. Con un 38,0% de imagen positiva frente a un 58,7% de negativa, el jefe comunal se encuentra en una zona de “alerta roja”.
Molina no solo sufre el desgaste natural de la gestión de bacheo y servicios básicos; su figura ha quedado atrapada en el fuego cruzado entre Provincia y Nación. Con un diferencial negativo de -20,7 puntos, el intendente es hoy el dirigente con mayor vulnerabilidad política del esquema oficialista, actuando como un pararrayos que absorbe el descontento que antes se repartía de forma más equitativa.
Quintela: Entre el liderazgo local y el sótano federal
El gobernador Ricardo Quintela mantiene el núcleo duro más importante de la provincia con un 47,7% de aprobación. Sin embargo, la lectura objetiva debe ser comparativa:
Quintela se ubica en el puesto 21 de 24 gobernadores argentinos. Esta desconexión entre su peso específico en La Rioja y su reputación nacional indica un liderazgo que, si bien es sólido hacia adentro, ha perdido capacidad de proyección externa. Su imagen negativa (48,0%) ya supera a la positiva, lo que marca un punto de inflexión donde el modelo de “caudillismo de resistencia” empieza a mostrar signos de fatiga ante la falta de recursos y la emisión de cuasimonedas.

La paradoja Milei: El ajuste que no quema (aún)
Resulta analíticamente central que Javier Milei, el principal antagonista del gobierno riojano, retenga un 43,3% de imagen positiva en el distrito.
Pese a la asfixia financiera impuesta desde la Casa Rosada, Milei logra que casi la mitad de los riojanos encuestados mantenga una visión favorable. Esto sugiere que el electorado local ha disociado la crisis económica de la figura presidencial, trasladando la responsabilidad de las carencias diarias (salarios, salud, educación) al ámbito provincial. Milei aventaja por más de 11 puntos a Kicillof en La Rioja, lo que demuestra que el “enemigo nacional” es, para muchos riojanos, una figura de esperanza frente al statu quo local.
Kicillof y el rechazo al “Espejo Bonaerense”
El cierre del ranking lo ocupa Axel Kicillof, quien con un escueto 31,8% de positiva y un contundente 63,0% de negativa, se convierte en el dirigente con peor imagen en la provincia.Este número es un mensaje indirecto para Quintela. La estrecha alianza política entre ambos no se traduce en una transferencia de confianza. Por el contrario, el modelo bonaerense parece generar un rechazo instintivo en el riojano, que ve en Kicillof una continuidad del pasado que no desea importar a su territorio.
Este número es un mensaje indirecto para Quintela. La estrecha alianza política entre ambos no se traduce en una transferencia de confianza. Por el contrario, el modelo bonaerense parece generar un rechazo instintivo en el riojano, que ve en Kicillof una continuidad del pasado que no desea importar a su territorio.

Un tablero en transición
Los números de febrero no son definitivos, pero sí definitorios. La Rioja se encamina a un escenario donde el control del aparato estatal ya no garantiza el control de la opinión pública. La vulnerabilidad de Molina, el estancamiento de Quintela, la resistencia de Milei y el rechazo a Kicillof configuran un campo de batalla donde el oficialismo local deberá decidir si profundiza la confrontación o si inicia una etapa de pragmatismo para detener la erosión de su capital político.