La apertura de sesiones en el Concejo Deliberante de la Capital dejó una postal ineludible sobre el estado de situación del oficialismo en La Rioja. Más allá de los anuncios de rigor, el discurso del intendente Armando Molina blanqueó una realidad política innegable: su futuro, y el de su gestión al frente del municipio más importante de la provincia, quedaron absolutamente atados a la suerte del gobernador Ricardo Quintela.
Un discurso de lealtad absoluta (y dependencia total)
Quien haya escuchado con atención el mensaje de Molina en el recinto, habrá notado un patrón que no es casualidad. En cada párrafo, el Intendente se encargó de marcar su agradecimiento al gobierno provincial. No hubo anuncio, obra o proyecto mencionado que no estuviera precedido por una reverencia discursiva hacia la Casa de las Tejas.
Esta sobredosis de gratitud pública expone la cruda verdad del municipio capitalino: su dependencia financiera es exclusiva. La intendencia no tiene autonomía real; respira únicamente por los recursos que le envía la provincia. Y el problema central de Armando Molina es que hoy, esa asistencia es escasa, producto del ahogo financiero que arrastra la gestión provincial.
El peronismo golpeado y el retorno a las fuentes
El clima político en el Concejo no logró disimular el impacto de los últimos días. Se vio a un peronismo golpeado, asimilando todavía el impacto del misil discursivo que el presidente Javier Milei le lanzó a Quintela en la apertura de sesiones del Congreso.
Frente a la embestida nacional y la escasez de fondos, el Gobernador ha decidido volver a sus fuentes, abroquelándose en su núcleo duro y endureciendo la trinchera. Este repliegue táctico de Quintela deja al municipio en una posición de extrema vulnerabilidad. Si el Gobernador concentra los pocos recursos disponibles en la supervivencia de la estructura provincial y en su propia batalla nacional, la Capital corre el riesgo de quedar administrando miseria.
Un futuro sin margen de maniobra
La ecuación para la Municipalidad de la Capital es tan simple como dramática. Sin recursos extracoparticipables y con la recaudación provincial en baja, el goteo de fondos hacia el Palacio Municipal se vuelve crítico. Molina sabe que no tiene red de contención propia.
El futuro del Intendente ya no se define por su capacidad de gestión en los barrios o por su armado político territorial, sino por la resistencia financiera y política del Gobernador. En este escenario de guerra declarada entre La Rioja y la Casa Rosada, Armando Molina es un pasajero que no tiene el control del volante; si Quintela logra sortear la tormenta, el municipio sobrevivirá. Pero si el esquema provincial cruje bajo el peso de la falta de fondos, la Capital será la primera en sentir el impacto del choque.



