El presidente de la Cámara de Diputados observa cómo el PJ se desangra ante la falta de liderazgo y recursos. El quiebre de su única línea directa con la gobernación riojana tras el debate por la reforma laboral y la ley de glaciares, los exabruptos de Ricardo Quintela y el diagnóstico de un dirigente criado en la escuela menemista: al peronismo se le acabó el combustible para llegar al 2027.
Desde su despacho en la Presidencia de la Cámara de Diputados, Martín Menem observa un fenómeno que conoce bien por herencia y por instinto: la implosión del peronismo. Para el riojano, el diagnóstico es letal y evidente. El Partido Justicialista atraviesa hoy una sangría indetenible, huérfano de un liderazgo aglutinador y, lo que es aún más grave para el pragmatismo histórico de su maquinaria, despojado de los recursos del Estado.
El laboratorio de esta crisis tiene su epicentro en su propia provincia, La Rioja. El territorio que gobierna Ricardo Quintela se ha convertido en el caso testigo de un modelo agotado. Hoy, la provincia se encuentra sumida en el default, incapaz de hacer frente a sus compromisos internacionales y con su supervivencia atada casi con respirador artificial a una alicaída coparticipación federal. Sin la emisión monetaria del pasado ni los Aportes del Tesoro Nacional (ATN) fluyendo de manera discrecional, el esquema de poder local cruje.
En la política, las crisis institucionales siempre tienen su correlato en los teléfonos celulares. Hasta hace poco, existía un puente frágil pero operativo entre la Nación y la provincia. El flamante secretario general de la Gobernación, Ricardo Herrera, ostentaba un privilegio que el resto del gabinete de Quintela envidiaba: era el único dirigente al que Martín Menem le respondía los mensajes de WhatsApp.
Era una «diplomacia de mensajería» que mantenía una mínima vía de diálogo institucional. Sin embargo, la tensión legislativa hizo volar todo por los aires. El tratamiento de la reforma laboral y los cruces por la ley de glaciares fueron el punto de quiebre. Las posturas irreconciliables en el Congreso terminaron de dinamitar ese último canal de comunicación. Hoy, la pantalla de Herrera, al igual que la de la gobernación, solo muestra el silencio oficial.
A este cortocircuito legislativo se le sumó un error no forzado (o una provocación deliberada) que terminó de sepultar cualquier intento de convivencia pacífica. Las recientes declaraciones del gobernador Ricardo Quintela, expresando a viva voz su deseo de ver el final del mandato del presidente Javier Milei, cayeron pésimo en las filas libertarias y blindaron la postura de Menem. Para el titular de la Cámara Baja, los exabruptos del mandatario provincial no son más que manotazos de ahogado de un líder que no encuentra salida a su propia trampa económica.
Martín Menem no es un recién llegado a la lectura del poder. Formado en la escuela política de su tío, el expresidente Carlos Saúl Menem, y de su padre, el histórico senador Eduardo Menem, conoce al dedillo la fisiología del poder justicialista. Sabe que el peronismo es una fuerza de tracción que requiere una enorme cantidad de «combustible» —recursos estatales, cajas, poder de fuego en el territorio— para mantenerse cohesionada y en movimiento.
Hoy, ese tanque está vacío. Sin billetera para disciplinar ni un norte político claro, el peronismo se enfrenta a un desierto. La lectura en el entorno de Menem es fría y calculada: con La Rioja como muestra gratis del colapso del modelo, al PJ no le dan los números ni la nafta para llegar competitivo a la contienda presidencial de 2027.




