Minería en La Rioja: la resistencia social, el principal obstáculo para un recurso «divino»

Pese al impulso oficial y las palabras del gobernador Ricardo Quintela, quien la califica de «bendición divina», la minería choca con una persistente y arraigada falta de aceptación en vastos sectores de la sociedad riojana. El reclamo por el agua y el temor al impacto ambiental se mantienen como bandera de una comunidad que se opone a los proyectos de explotación a gran escala.

En La Rioja, el debate sobre la minería no es solo económico o político; es, fundamentalmente, social. Aunque el gobernador Ricardo Quintela defienda con vehemencia el potencial de la actividad para el desarrollo provincial, sus propias palabras confirman la realidad que las calles y asambleas vociferan: «Es un tema que socialmente no tiene la aceptación de muchos sectores de nuestra sociedad», reconoció el mandatario riojano en la Residencia Oficial de La Rioja, tras su participación en la Universidad Nacional de Ciencia Política de Rosario.

Esta falta de consenso social no es nueva. Se forjó a lo largo de años de movilización ciudadana y ambientalista, con el reclamo por la protección del agua y el ecosistema como estandarte. El temor a la contaminación y a los daños irreversibles en un territorio ya vulnerable, superan para muchos riojanos las promesas de prosperidad y empleo que esgrime el oficialismo. La desconfianza hacia las grandes explotaciones mineras persiste, alimentada por experiencias previas y por la conciencia sobre la importancia vital de los recursos naturales.

A pesar de esta fuerte oposición, Quintela sostiene una visión que busca desdramatizar el sector y presentarlo como una vía ineludible para el crecimiento. En su disertación, apeló a una concepción providencial del recurso: «Es un elemento que Dios lo puso en el camino, y Dios nos lo puso en nuestra vida para que pudiéramos beneficiarnos, no para que nos perjudiquemos, sino para que los los humanos nos beneficiemos de esto», manifestó el gobernador.

Para Quintela, la minería se inscribe en una estrategia más amplia para superar las históricas postergaciones de La Rioja. Denunció que la provincia «no sea desfraternizado como fue desfraternizado en siglos» y que «no tenemos ventaja comparativa como para poder desarrollarnos porque no nos permitieron desarrollarnos». Como ejemplo, citó la gestión del agua: «No nos permitieron canalizar, buscar el agua, encontrarla y conducirla a los lugares donde se la precisa, no solamente para el consumo humano y animal, sino para el desarrollo de nuestra provincia». Para el mandatario, la minería sería una de las llaves para que La Rioja finalmente pueda «tener la posibilidad de ser una pequeña potencia en tal o cual sector de la economía».

Sin embargo, más allá de las justificaciones históricas y las apelaciones trascendentales, la realidad en La Rioja es que el principal obstáculo para el avance de la minería no reside en la geología o la economía, sino en el corazón de su sociedad. La persistente y mayoritaria falta de aceptación social representa el verdadero dique para un sector que, pese a las intenciones del gobierno, no logra conquistar la legitimidad popular necesaria para un despegue a gran escala. El futuro minero de La Rioja se juega, por ahora, más en las plazas y asambleas que en los despachos oficiales.


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