El justicialismo riojano no quiere aceptar que el problema no son sus adversarios, sino la crisis de un proyecto político que convirtió a Chilecito, de un departamento productivo, a un distrito donde todos son empleados estatales. El escándalo en el Concejo Deliberante es la muestra de un partido que ataca al síntoma, mientras el diagnóstico de la enfermedad sigue sin ser reconocido.
El encendido discurso del concejal Luis Flores Millicay en Chilecito, con sus duras acusaciones contra Martín Menem y Juan Carlos Pagotto, no es solo un ataque político. Es el reflejo de un justicialismo riojano que, en su desesperación por mantener el poder, se niega a aceptar que el problema de fondo no son sus oponentes, sino la frustración de un pueblo con el modelo político que ellos mismos construyeron durante más de cuatro décadas.
La bronca de Flores Millicay, y la del peronismo que representa, se dirige hacia el «clan Menem», al que acusan de corrupción y nepotismo. Pero lo que la dirigencia no quiere reconocer es que el verdadero hartazgo no es con la fortuna de la familia Menem en los años ’90, sino con el presente que el justicialismo creó.
En el caso de Chilecito, la cuna del radicalismo en la provincia, el modelo político del justicialismo llevó a una transformación dramática: de ser un departamento con una base productiva, se convirtió en un distrito donde la gran mayoría de sus habitantes son hoy empleados de la municipalidad o del gobierno provincial.
El concejal, al defender su sueldo frente al «sorteo» de Martín Menem, defiende de manera inconsciente el mismo sistema que genera esa dependencia. Su indignación, aunque genuina, es la de un político que no entiende por qué la gente está dispuesta a escuchar un mensaje de cambio, incluso de un adversario a quien perciben como desconectado de la realidad. El justicialismo riojano parece creer que, atacando a la figura de Martín Menem y a sus aliados, podrá desarticular el descontento popular.
Pero el problema no es el apellido Menem ni la «motosierra» de Javier Milei. El problema es un modelo que, en su ocaso, no ofrece otra alternativa laboral que un puesto en el Estado. El descontento es con un proyecto que no generó un futuro, sino que consolidó la dependencia y la precariedad. El justicialismo riojano, en su defensa apasionada de un sistema que hoy les estalla en las manos, demuestra que su principal debilidad no es la oposición, sino su propia incapacidad de reconocer que su tiempo se terminó. La gente de Chilecito y de toda La Rioja no busca un nuevo líder, sino un nuevo proyecto, algo que el justicialismo, por ahora, no parece dispuesto a darles.







