El justicialismo riojano se juega su futuro político en las elecciones de octubre. Con la conciencia de que una derrota sería el principio del fin de un poder de más de cuatro décadas, el oficialismo hará todo lo que esté a su alcance para ganar. La campaña, con sus candidaturas impuestas y una maquinaria estatal puesta al servicio del voto, se percibe como la batalla final por la supervivencia.
La Rioja no es solo una provincia que se prepara para una elección legislativa; es el último bastión de un justicialismo que, tras más de 40 años de hegemonía, se enfrenta a la posibilidad real de perder el poder en 2027. Con la conciencia plena de lo que se juegan, el oficialismo, liderado por el gobernador Ricardo Quintela, moviliza toda su maquinaria con un único objetivo: ganar en octubre.
La campaña es un reflejo de esta desesperación política. El justicialismo hará todo lo que esté a su alcance para salir airoso en las urnas, ya que una derrota sería la primera grieta profunda en su poder y un mensaje demoledor para el electorado de que el cambio es posible. Las candidaturas, lejos de ser consensuadas, son impuestas. La reelección de Gabriela Pedrali, esposa del gobernador, y la de Ricardo Herrera, un candidato que corre con «bajas chances», no responden a una estrategia electoral popular, sino a la voluntad de un gobernador que busca controlar el futuro de su partido.
El justicialismo está peleando por la supervivencia de un modelo agotado. La provincia, totalmente dependiente de la Nación, vive hoy el colapso de un «Estado obeso» sin fondos. La crisis en la obra social APOS, el default por un bono millonario y una gestión «atada con alambre» que se evidencia en las tragedias como la búsqueda de José Portugal son los costos de un sistema que ya no funciona.
En este contexto de fragilidad, la sucesión de Quintela se torna caótica. La sospecha de que el gobernador quiere emular el «modelo Zamora» y posicionar a su esposa como candidata para 2027 choca con las aspiraciones de Teresita Madera y Florencia López. La irrupción de figuras como el ministro Ernesto Pérez y la rectora de la UNLaR, Natalia Albarez Gómez, complejiza aún más un escenario que se consume en internas.
Mientras, la oposición afila sus armas. Martín Menem, de La Libertad Avanza, se erige como la principal amenaza. Y la «tercera vía» que intenta construir el ex vicegobernador Néstor Bosetti se presenta como una alternativa para los votantes cansados de la polarización.
La batalla de octubre, por lo tanto, no es una simple elección. Es el prólogo de una contienda que definirá si el justicialismo riojano logra mantener su hegemonía o si, por primera vez en 40 años, su poder empieza a resquebrajarse definitivamente. La victoria del oficialismo será una inyección de oxígeno. La derrota, en cambio, será el camino para el final de una era.







