Un equipo de investigación tomó muestras del barniz del desierto en Puerta de Talampaya y Aguas Arriba para estimar la antigüedad de las superficies rocosas, y confirmó la eficacia del tratamiento de conservación aplicado en diciembre de 2025. La reinstalación de un data logger permitirá monitorear las condiciones ambientales que afectan a uno de los patrimonios arqueológicos más valiosos del país.
Mientras miles de turistas recorrían los cañadones y formaciones rojizas del Parque Nacional Talampaya durante la Semana Santa, un trabajo silencioso y minucioso se desarrollaba en paralelo: un equipo de arqueólogas llevó adelante tareas de investigación y conservación del arte rupestre en dos de los sitios más significativos del parque, Puerta de Talampaya y Aguas Arriba, en una jornada que combinó ciencia de campo, monitoreo ambiental y evaluación de intervenciones previas.
El eje central de la investigación fue la recolección de pequeñas muestras del llamado barniz del desierto, una capa extremadamente fina que se forma sobre las rocas a lo largo de miles de años mediante la acumulación de óxidos de hierro y manganeso junto con partículas de polvo del ambiente. Su tonalidad característica permite a los especialistas estimar, de manera relativa, la antigüedad de las superficies rocosas sobre las que se encuentra, ofreciendo una ventana temporal hacia el pasado sin necesidad de intervenciones invasivas sobre las piezas.
En el sitio Aguas Arriba, la jornada tuvo además un componente de evaluación: las arqueólogas revisaron la intervención de conservación realizada en diciembre de 2025 sobre la roca que sostiene el arte rupestre. El resultado fue alentador: la revisión confirmó que el tratamiento aplicado fue eficaz, lo que representa un dato científico de importancia para futuras intervenciones similares en el parque y en otros sitios arqueológicos de la región.
Como parte del operativo, se reinstalió un data logger en el sitio, un dispositivo que registrará de manera continua los niveles de temperatura y humedad del entorno. La información que acumule será fundamental para comprender cómo las condiciones ambientales —las variaciones térmicas, la humedad, la exposición solar— inciden en la conservación de estas expresiones culturales que comunidades originarias grabaron en la piedra hace miles de años.
El arte rupestre de Talampaya forma parte del patrimonio que le valió al parque su designación como Patrimonio Mundial de la UNESCO en el año 2000, junto al Parque Provincial Ischigualasto. Protegerlo no es solo una obligación científica: es una responsabilidad cultural que conecta el presente riojano con las civilizaciones que habitaron este territorio antes de cualquier historia escrita. Como sintetizaron desde el propio parque: investigar es conservar, conservar es proteger nuestra historia.







