Armando Molina encabezó la inauguración de obras en la zona sur de la Capital y dejó una frase que resume el estado de situación social de la provincia: hay vecinos que no tienen qué comer, que no pueden abrigar a sus hijos ni mandarlos a la escuela. El único reclamo que escucha en los barrios, dijo, es trabajo.
No hizo falta buscar estadísticas ni informes técnicos. Alcanzó con escuchar al intendente de la Capital, Armando Molina, en el acto de inauguración de obras en la avenida Rosa Bazán de Cámara, en la zona sur de la ciudad, para entender lo que está pasando en los barrios de La Rioja. «Las familias tienen graves situaciones económicas. Ya no todas comen, no todas abrigan a sus hijos, no todas mandan a la escuela a sus hijos. La situación es grave», dijo el jefe comunal sin anestesia, ante vecinos que reconocieron en esas palabras su propia realidad cotidiana.
La frase no fue un exabrupto ni un desliz. Fue un diagnóstico. Y llegó en el marco de un acto de gestión que, paradójicamente, mostraba lo que el municipio puede hacer pese al recorte de fondos nacionales: 16 cuadras de asfalto, 200 lámparas LED instaladas y una plazoleta recuperada en el barrio Yacampis. Obras concretas sobre un fondo de crisis que las supera ampliamente.
Una pobreza que ya no se oculta en los números
Lo que describió Molina no es una percepción subjetiva. Es el resultado acumulado de meses de ajuste que golpean especialmente a las provincias más dependientes de la coparticipación y los fondos nacionales, como La Rioja. Cuando el intendente habla de familias que no comen o que no pueden mandar a sus hijos a la escuela, está poniendo en palabras simples lo que los datos muestran en forma fría: la provincia perdió el equivalente a $28.163 millones en ingresos nacionales reales solo en el primer trimestre de 2026, y recibió apenas $100 millones en transferencias discrecionales de la Nación en ese período, una caída real del 97% respecto al mismo lapso del año anterior.
Ese dinero que no llega es el que financia comedores, programas sociales, obras en los barrios más vulnerables. Su ausencia tiene nombre y tiene cara, y Molina los puso en palabras frente a los vecinos de la zona sur.
El pedido que se repite en cada esquina
Consultado sobre qué le piden los vecinos cuando lo paran en la calle o cuando recorre los barrios, la respuesta del intendente fue tan corta como contundente: «Trabajo, trabajo, trabajo. Y a veces pan y a veces remedio». La repetición no fue un error. Fue un subrayado. El empleo, que en La Rioja históricamente dependió del Estado provincial como principal empleador, se ha convertido en el bien más escaso en un contexto donde el ajuste nacional comprime los recursos disponibles y la actividad privada no logra compensar la retracción pública.
Molina fue más lejos en su diagnóstico cuando afirmó que «la única salida es otro modelo económico», una definición que ubica al intendente en las antípodas del rumbo que impulsa el gobierno de Javier Milei y que anticipa el tono del debate político que se viene de cara al ciclo electoral 2027.
«Nación nos cortó todo»: obras a pesar del ajuste
En ese contexto, las inauguraciones del día adquieren otra dimensión. Las 16 cuadras de asfalto y las 200 lámparas LED de última generación sobre la avenida Rosa Bazán de Cámara — un sector que, según el propio intendente, «hace dos años era de lo peor» — son el resultado de una gestión que debió reconducir su presupuesto ante la caída de los aportes nacionales. «Nación nos cortó todo aporte, nos cortó toda obra pública, y nosotros estamos con los pocos recursos que contribuyen los vecinos, con una muy buena administración en el municipio y fundamentalmente en la provincia», señaló Molina.
La respuesta municipal fue ajustar el gasto corriente para sostener la inversión: «Recondicionamos los gastos del presupuesto, no tenemos gasto de ningún tipo, todo es inversión para darle a la ciudad seguridad, orden y limpieza». Las obras en la zona sur se ejecutaron en forma conjunta entre el municipio y el Gobierno provincial, un esquema de articulación que se volvió imprescindible ante la retracción del financiamiento nacional.
En la zona oeste, en tanto, el municipio también recuperó la plazoleta del barrio Yacampis con trabajos de limpieza, desmalezado e instalación de seis artefactos LED, bajo la supervisión directa del intendente, quien subrayó que «brindar seguridad a los vecinos y recuperar los espacios verdes de cada sector son prioridad para nuestra gestión».
Las lluvias, otro golpe sobre la infraestructura
A los problemas estructurales se suma el daño causado por las precipitaciones extraordinarias de los últimos meses. Molina advirtió que las lluvias acumularon cerca de mil milímetros, cuando el promedio anual histórico de La Rioja ronda los 280 a 300 milímetros. El exceso hídrico deterioró calles y avenidas en distintos puntos de la ciudad, y el intendente anticipó que trabajarán junto al Gobierno provincial para repararlas mediante hormigón y asfalto.
Es la suma de todo eso — el ajuste, la lluvia, la falta de empleo, el hambre que ya no se puede disimular — lo que Molina puso sobre la mesa en un acto que comenzó como una inauguración de obras y terminó siendo, sin buscarlo, un retrato descarnado de lo que atraviesa La Rioja en 2026.







