El Diario de Eduardo German

La Rioja · Argentina

«La escuela no es para mí»: el colapso silencioso de la promesa igualitaria que construyó la Argentina

Un informe del Instituto Universitario CIAS y el think tank Fundar desnuda una crisis educativa que va mucho más allá de los números: 4 de cada 10 jóvenes de barrios populares abandonaron la escuela, más de la mitad tiene sobreedad y los docentes operan como bomberos en un edificio que se incendia por todos lados.…

Un informe del Instituto Universitario CIAS y el think tank Fundar desnuda una crisis educativa que va mucho más allá de los números: 4 de cada 10 jóvenes de barrios populares abandonaron la escuela, más de la mitad tiene sobreedad y los docentes operan como bomberos en un edificio que se incendia por todos lados. Lo que se rompe no es solo el sistema educativo: es el relato fundacional de que en Argentina estudiar sirve para progresar.


Hay una frase que una docente repite en el informe como si fuera un epitafio: «La idea de ir a la escuela para aprender y mejorar un futuro se está modificando en los barrios. Los chicos no se imaginan un futuro. Entienden que, estudien o no estudien, su vida va a ser la misma.» No es el testimonio de alguien derrotada. Es el diagnóstico de alguien que todavía va a trabajar todos los días, que todavía intenta conectar con estudiantes que crecieron en un mundo donde las promesas no se cumplen.

El informe «Escuelas desbordadas. Criar, crecer y educar en barrios populares», publicado en abril de 2026 por el Instituto Universitario CIAS en alianza con Fundar, y elaborado por los investigadores Gonzalo Elizondo y Daniel Hernández, es uno de los documentos más perturbadores sobre la realidad social argentina de los últimos años. No porque sus datos sean inéditos —muchos ya circulaban en otros estudios—, sino porque los organiza con una coherencia brutal: muestra que lo que está colapsando no es solo la escuela pública, sino la arquitectura simbólica e institucional sobre la que se construyó la cohesión de este país.

Y eso, en provincias como La Rioja, donde el Estado es el empleador dominante y donde la escuela sigue siendo, para miles de familias de los barrios más vulnerables, la única institución que llega todos los días, tiene una resonancia particular.

El 42% que ya no vuelve

El punto de partida del informe son dos encuestas realizadas en barrios populares del Área Metropolitana de Buenos Aires y entrevistas en profundidad con jóvenes, madres y trabajadores de quince escuelas. Los números de arranque son inocultables: el 42% de los jóvenes encuestados de entre 19 y 24 años abandonaron la escuela, y de los que asisten, el 59% tiene sobreedad.

Detrás de esos porcentajes hay vidas concretas. Jóvenes que empezaron a trabajar antes de los 16 años porque en sus casas no alcanzaba el dinero. Madres que llegan a las diez de la noche después de jornadas de doce horas y que, como describe una de las entrevistadas, simplemente «no dan más». Directivos que reciben cada lunes un catálogo de emergencias: el alumno que vive en la calle, la estudiante con ideas suicidas, el chico detenido por robo.

El 52% de los jóvenes encuestados reporta haber sufrido ansiedad y el 37% depresión. El 51% dice que la mayoría de sus amigos consume drogas y el 15% reconoce ser o haber sido adicto. No son estadísticas de una zona de guerra. Son las condiciones de vida de los barrios populares argentinos en 2026.

«Los chicos están solos»

La frase que más se repite en las entrevistas con docentes y directivos no es una queja sobre los estudiantes. Es una descripción de su situación: «Los chicos están solos.» La referencia es a la familia, a su rol insustituible en organizar el acceso a servicios básicos y acompañar a los hijos mientras crecen. Pero esa familia, en los barrios populares bajo estudio, está sometida a presiones que la fragmentan.

El 37% de los hogares en los barrios relevados son monoparentales, la mayoría a cargo de la madre. Madres que trabajan desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde y que, cuando regresan, no tienen energía para nada más. Madres que mandan a sus hijos adolescentes a vivir con familiares porque no pueden sostenerlos. Madres que lloran en los grupos focales porque sienten que fallaron cuando en realidad el sistema las falló a ellas.

El informe describe un círculo brutal: el 79% de los jóvenes encuestados comenzó a trabajar antes de los 18 años y el 36% antes de los 16. No es porque les sobre tiempo o les falte vocación de estudio. Es porque el ingreso de un adolescente puede ser la diferencia entre que la familia coma o no coma. El 43% de los jóvenes menores de 18 años ya aportan ingresos al hogar. Y cuando el estudiante trabaja, la escuela pasa a ser una actividad más, ni la única ni la principal.

La escuela que hace de todo menos enseñar

El corazón del informe es la descripción de lo que les pasa a las escuelas cuando reciben a estos jóvenes. Y lo que les pasa es que dejan de ser escuelas —en el sentido de instituciones dedicadas a la transmisión del conocimiento— para convertirse en centros de contención total.

Las escuelas distribuyen alimentos, median conflictos familiares, consiguen turnos médicos, detectan situaciones de abuso y violencia, alojan a quienes sufren inundaciones. Una directora describe su jornada no como un ejercicio pedagógico sino como una gestión de emergencias permanente: en un solo año realizó 123 entrevistas con familias, la mayoría para atender situaciones críticas que nada tienen que ver con los contenidos curriculares.

En promedio, en las escuelas relevadas hay un orientador cada 170 estudiantes. En el peor de los casos, solo dos profesionales deben atender a 670 alumnos. La metáfora que usan los propios trabajadores para describir su tarea es la del bombero que apaga un incendio mientras ve otros comenzando a arder.

Lo que los investigadores llaman el «desborde escolar» tiene un mecanismo claro: las escuelas están haciendo solas lo que debería ser una tarea social compartida. La pregunta que el informe deja flotando —y que ningún gobierno desde hace décadas ha respondido— es quién debería estar haciendo esa tarea con ellas.

Comprometidos, desconectados y conflictivos: la tipología del aula imposible

Uno de los aportes más valiosos del informe es la descripción que hacen los propios docentes de los tres perfiles de estudiantes que conviven en las aulas. No es una clasificación académica: es la forma en que los trabajadores de la educación dan sentido a una realidad que los supera.

Los «comprometidos» son los que todavía creen que el estudio puede cambiar su vida. Tienen apoyo familiar, menor exposición al trabajo temprano, proyectos de futuro. Son, según una directora, apenas el 40% de su matrícula. Los «desconectados» asisten por mandato familiar pero no se involucran en el aprendizaje: están en el aula con el celular, o ausentes con presencia física, priorizando la changa que consiguieron sobre la materia que tendrían que aprobar. Los «conflictivos» traen al aula la lógica de la calle: la violencia como forma de comunicación, el desafío a la autoridad como modo de existencia.

Paradójicamente, estos jóvenes más conflictivos suelen expresar el deseo de no abandonar la escuela o de volver a estudiar cuando ya lo hicieron. Hablan de la escuela con nostalgia, como si fuera el último vínculo que los conecta con la sociedad y sus oportunidades.

Esa paradoja es el dato más revelador del informe: incluso quienes más dañan a la institución saben, en algún nivel, que es la última conexión que los ata a un futuro posible.

La trampa de la segmentación dentro de lo público

El informe desmonta uno de los lugares comunes del debate educativo argentino: la idea de que la segmentación opera entre escuela pública y privada. Lo que muestran los investigadores es que la fractura más profunda ocurre dentro del propio sistema público.

Frente al desborde, las escuelas desarrollan diferentes estrategias. Esa variabilidad produce más segmentación dentro del sistema educativo y en particular entre las escuelas públicas de áreas vulnerables. Algunas seleccionan y van desplazando a los estudiantes más difíciles hasta que abandonan. Otras los incluyen con recursos y liderazgos consolidados. Y también están las que intentan incluir pero sin los recursos necesarios y terminan desbordadas. La consecuencia es que se concentra a los alumnos con más dificultades en las instituciones con menos capacidad para contenerlos.

Es decir: el sistema se autoorganiza de la peor manera posible. Los estudiantes que más necesitan apoyo terminan en las escuelas menos equipadas para dárselo, mientras que las instituciones con más recursos retienen a los alumnos que menos intervención requieren.

La promesa rota y sus consecuencias políticas

El informe de CIAS-Fundar no es un documento técnico sobre política educativa. Es, en el fondo, un análisis sobre la cohesión social argentina. Porque la escuela no fue solo una institución de enseñanza: fue el principal dispositivo que le dio credibilidad al relato igualitario de este país. La idea de que el origen no determina el destino. De que el hijo de un peón podía llegar a médico, o la hija de una costurera podía graduarse de abogada.

La promesa que está en el origen de la escuela argentina —que el estudio permite «ser alguien» no importa el origen social— es también el núcleo de la narrativa igualitaria que le dio cohesión a este país y que organizó sus conflictos. Esa promesa se erosiona cuando un joven concluye que «la escuela no es para mí»; cuando los docentes comprueban que muy pocos alumnos pueden imaginarse un futuro.

Y cuando esa promesa se rompe, no es solo el sistema educativo el que falla. Es la base sobre la que se construyen las demandas colectivas de inclusión. Sin la creencia en que el esfuerzo individual puede cambiar el destino, lo que queda es la resignación o la violencia.

La lectura desde La Rioja

En una provincia como La Rioja, donde la pobreza estructural, la dependencia de las transferencias nacionales y la debilidad del tejido productivo privado se combinan con una matriz cultural que históricamente depositó en la educación pública sus expectativas de movilidad social, el diagnóstico de este informe no es una abstracción metropolitana. Es la descripción de una realidad que se reproduce, con sus propias particularidades, en los barrios más vulnerables de la capital riojana y en los pequeños pueblos del interior profundo.

Las escuelas riojanas —muchas de ellas con equipos docentes completos, condiciones edilicias aceptables y una presencia institucional visible— no están tan lejos de ese desborde como podría suponerse. La salud mental de los adolescentes, la fragmentación familiar, el trabajo temprano, la ausencia de redes de contención comunitaria: son fenómenos que los docentes de esta provincia conocen de cerca, aunque raramente los vean reflejados con este nivel de profundidad en un documento de política pública.

El diagnóstico que la política no quiere ver

Este deterioro no es nuevo ni inevitable, sino el resultado acumulado de décadas de desinversión y de una política que optó por observar este proceso por sobre revertirlo, hasta transformarse en parte del mismo. Hoy, la política puede continuar esta posición prescindente y naturalizar un destino de segmentación y fragmentación social; o puede volver a plantearse construir una nueva promesa para los jóvenes de los sectores populares.

La conclusión de los investigadores no es una demanda de más recursos —aunque los recursos sean necesarios. Es algo más profundo: la exigencia de que la sociedad argentina reconozca que el problema de las escuelas desbordadas no es un problema de las escuelas. Es el síntoma de una trama social rota que excede a cualquier ministerio de educación y requiere una respuesta de Estado en el sentido más pleno de la expresión.

Una profesora de física, al final de una jornada imposible, lo sintetizó con una honestidad que ningún funcionario se animaría a enunciar en público: «A veces hasta siento que, hoy por hoy, esto es una estafa para los pibes. No les estamos dando los insumos que cualquier persona necesita para enfrentar la vida.»

Esa frase no es una crítica a los docentes. Es un cargo contra todos nosotros.

Fuente: «Escuelas desbordadas. Criar, crecer y educar en barrios populares». Instituto Universitario CIAS / Fundar, abril de 2026. Autores: Gonzalo Elizondo y Daniel Hernández. Serie Monitor de Barrios Populares.


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