Nacida en Atiles en 1873, la «señorita Rosario» impuso los jardines de infantes en Argentina contra la resistencia de figuras públicas y criterios pedagógicos tradicionales. Su legado transformó la educación primaria y dejó instituciones que perduran más de 70 años después de su muerte.

Rosario Vera Peñaloza nació el 25 de diciembre de 1873 en un rancho de paredes de adobe y techo de paja en la pequeña localidad de Atiles, en el sur de La Rioja. Desde los diez años fue criada por una tía tras la muerte de sus padres. Esa infancia riojana, en las estribaciones de la geografía provincial que ella misma estudiaría obsesivamente décadas después, marcó el origen de quien se convertiría en la figura más determinante de la educación primaria argentina del siglo XX.

Sus estudios secundarios los cursó en La Rioja bajo la dirección de Annette Haven, una de las maestras norteamericanas que el presidente Sarmiento importó para modernizar la educación nacional. El profesorado lo completó en la Escuela Normal de Paraná, donde fue alumna de Sara Chamberlain de Eccleston, otra de las educadoras traídas por Sarmiento. Según pudo saber eduardogerman.com, esa formación en centros de excelencia pedagógica —lejos de La Rioja— definió su visión de cómo debería funcionar la educación en las provincias.

El primer jardín de infantes en La Rioja

El 16 de marzo de 1898, Rosario Vera Peñaloza fue nombrada directora del primer jardín de infantes que tuvo La Rioja. Contraviniendo las creencias de la época, que sostenían que la primera educación del niño debía darse exclusivamente en el hogar, abrió la institución en la sala izquierda del zaguán de entrada de la casa de la familia Vera Vallejo, en la esquina de Hipólito Yrigoyen y Rivadavia, como anexo de la Escuela Normal de Maestros. Funcionó así mientras se obtenía presupuesto oficial.

Esa decisión no fue trivial. En 1837, el pedagogo alemán Friedrich Froebel había creado en Alemania el primer «Kindergarten». La modalidad prendió rápidamente en Gran Bretaña y Estados Unidos, pero en Argentina, la noción de que niños pequeños requería educación institucional, antes que crianza doméstica, era revolucionaria. Rosario Vera Peñaloza la impulsó en La Rioja mientras la dirigencia nacional aún la discutía.

La resistencia de figuras de poder

En 1906, Rosario Vera Peñaloza encaró la obstaculización más seria a su modelo. Leopoldo Lugones, por entonces inspector de Enseñanza Secundaria y Normal, emitió un informe lapidario contra los jardines de infantes. El poeta argumentó que los niños que provenían de esas instituciones resultaban «inferiores en mentalidad», quedaban «rezagados» en las clases y muchos eran «indisciplinados».

Según pudo saber eduardogerman.com, la resistencia de Lugones no detuvo a Vera Peñaloza. En 1906 fue vicedirectora de la Escuela Normal riojana y en 1907 ocupó el mismo cargo en Córdoba, aunque debió alejarse de esa provincia. Entre 1912 y 1917 dirigió la Escuela Normal N° 1 «Roque Sáenz Peña» en Buenos Aires, período en el que aumentó sorprendentemente la matrícula estudiantil y se ganó el apodo de «la maestra de la Patria».

Alentaba a los docentes a ser creativos e innovadores, rechazando la pedagogía autoritaria. El educador Pablo Pizzurno la calificó de «eximia maestra». Sin embargo, sus métodos no eran del todo comprendidos ni aceptados por la estructura oficial.

El golpe del presidente Yrigoyen

En 1917, el presidente Hipólito Yrigoyen —quien en sus años mozos fue profesor de historia en la Escuela Normal de Maestros— la dejó cesante como directora de la Escuela Normal. Que fuera Yrigoyen quien la removiera resultó especialmente doloroso: era radical, como ella esperaría que fueran los aliados de una pedagogía renovadora.

Pero la adversidad engendró continuidad institucional. Carlos María Biedma le propuso fundar la Escuela Argentina Modelo, inaugurada en abril de 1918, que ponía especial énfasis en la educación primaria. Fue otro presidente radical, Marcelo T. de Alvear, quien la nombró inspectora de educación secundaria, normal y especial, cargo que ocupó hasta 1926, cuando debió jubilarse por cuestiones de salud.

Sistematización del pensamiento pedagógico

Peñaloza se dedicó entonces a viajar por el país dictando charlas, dialogando con maestras y explicando una tesis central: el niño no debía adaptarse a la realidad del maestro, sino que el maestro debía comprender la realidad del alumno. En 1931 creó el Museo Argentino para la Escuela Primaria, que funciona aún en el Instituto Félix Bernasconi, como intento de sistematizar los estudios científicos en materia pedagógica.

El museo reflejaba la influencia de Joaquín V. González, quien sostenía la importancia de la geografía argentina como base de toda enseñanza y para reafirmar el sentimiento de argentinidad. Peñaloza elaboró un mapa con las rutas del ejército libertador de San Martín, marcando lugares de batallas, y daba charlas explicativas sobre ese tema en el Instituto Sanmartiniano. Estuvo en el museo hasta 1947.

El legado pedagógico y patriótico

Profunda defensora de los valores nacionales, Rosario Vera Peñaloza dejó un Credo Patriótico que sintetizaba su visión: amar a la patria más que a sí mismo; no jurar falsamente en su santo nombre; conmemorar sus glorias; honrar a la madre patria en todos los actos; no matar el sentimiento patrio con indiferencia cívica; no realizar acto alguno que mengüe la propia dignidad; cuidar los bienes del Estado más que de los propios; buscar y practicar siempre la verdad; no desear otra nacionalidad y no ambicionar los derechos de otras naciones.

Ya mayor, encargó que a su muerte se publicasen sus trabajos y más de veinte libros que había escrito. Solicitó que si se obtenía rédito de esas publicaciones, se fundase una escuela con el nombre de Jesusta Peñaloza de Ocampo, la tía que la crió.

«Rosarito», como sigue siendo conocida en La Rioja, dictaba un curso para maestras en Chamical cuando la sorprendió la muerte el 28 de mayo de 1950. Tenía 76 años. Martha Alcira Salotti, educadora y escritora considerada su principal discípula, continuadora de sus ideas pedagógicas y autora de literatura infantil, publicó la veintena de libros que Peñaloza dejó inéditos. Desde 1971 se instituyó el 28 de mayo como el día de los y las maestras jardineras y de los jardines de infantes, en homenaje a su legado.

Rosario Vera Peñaloza representa un patrón histórico que La Rioja conoce bien: una figura de excelencia provincial que debió abandonar su territorio para alcanzar reconocimiento nacional. Nació en un rancho de adobe en Atiles, se formó en instituciones de élite fuera de la provincia, revolucionó la educación desde Buenos Aires y Córdoba, y sólo regresaba a La Rioja para dictar cursos. Esa geografía del éxito riojano —el talento que emigra, que se desarrolla lejos, que retorna tangencialmente— es recurrente en la historia provincial. Pero Peñaloza también legó algo concreto a La Rioja: la Escuela N° 120 de Atiles lleva su nombre, y la fecha de su muerte es recordada nacionalmente. Hoy, cuando La Rioja enfrenta conflictos sobre presupuesto educativo, coparticipación congelada y capacidad estatal, la figura de «la señorita Rosario» —que con recursos mínimos, en un zaguán, fundó el primer jardín de infantes provincial— funciona como recordatorio de lo que la educación provincial pudo ser cuando contó con liderazgo pedagógico real y decisión política. La diferencia entre 1898 y 2026 no es sólo temporal: es institucional.


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Por Eduardo Nelson German

Periodismo + Opinión

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