El Diario de Eduardo German

La Rioja · Argentina

El legado del Jagüé: el paso cordillerano que unió Argentina y Chile

Desde el siglo XVIII, el paso del Jagüé fue clave para el traslado de ganado y el comercio entre Argentina y Chile. Generaciones de arrieros enfrentaron la dureza de la cordillera, marcando una historia de esfuerzo, conexión cultural y perseverancia. El paso del Jagüé, ubicado a 4500 metros sobre el nivel del mar en la…

Desde el siglo XVIII, el paso del Jagüé fue clave para el traslado de ganado y el comercio entre Argentina y Chile. Generaciones de arrieros enfrentaron la dureza de la cordillera, marcando una historia de esfuerzo, conexión cultural y perseverancia.


El paso del Jagüé, ubicado a 4500 metros sobre el nivel del mar en la cordillera de los Andes, representa un hito en la historia del comercio y las tradiciones arrieras de Argentina y Chile. Durante el período colonial, y especialmente en las décadas de 1850 y 1860, este cruce se consolidó como una ruta esencial para el traslado de ganado vacuno, mulas y caballos, actividad que abastecía tanto a las ciudades chilenas como a las minas del norte de ese país.

El cruce no era para cualquiera. Las condiciones extremas de la cordillera, con ríos peligrosos, precipitaciones inesperadas y temperaturas extremas, ponían a prueba la habilidad y resistencia de los arrieros. Estos hombres, muchos de origen indígena o mestizo, desarrollaron un profundo conocimiento del terreno y los cambios climáticos. En este contexto, el papel de los baquianos, como Liborio Ramos, fue fundamental. Su capacidad para interpretar los vientos y las señales de la naturaleza determinaba si un cruce era seguro o debía posponerse.

Entre las figuras destacadas de esta época, Don Pepe Scalet, un inmigrante italiano radicado en Chilecito, jugó un rol clave en la expansión del comercio entre Argentina y Chile. Desde Santa Fe, organizaba arreos de ganado que viajaban por tren hasta Nonogasta y luego emprendían un largo recorrido hasta Jagüé. Allí, los animales descansaban y se les colocaban los “callos”, rudimentarias herraduras diseñadas para protegerlos durante el cruce de la cordillera.

El viaje, que duraba cerca de 20 días, requería una logística impresionante: mulas cargadas con víveres, ponchos y utensilios, además de paradas estratégicas en puntos como Cachiyuyal, Piedra Pintada, Villa Castelli y Vinchina, donde los animales eran alimentados con alfalfa. Todo esto bajo la atenta mirada de los arrieros, quienes mantenían vivas las tradiciones entre fogones, charqui y guitarra.

Con el tiempo, los avances en transporte y logística desplazaron estas prácticas tradicionales, pero el legado del Jagüé permanece. Hoy, este paso cordillerano es un símbolo de las conexiones económicas y culturales que unieron a dos países. En los relatos de los baquianos actuales, se revive la memoria de un pasado de sacrificio y unión que moldeó la identidad de las comunidades de ambos lados de los Andes.

El Jagüé no solo representa un camino físico, sino también una herencia de perseverancia y colaboración, cuya importancia trasciende generaciones y fronteras.


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