La APOS, más que una obra social, es hoy el espejo de una provincia asfixiada. Con los pagos centralizados en la Casa de Gobierno y miles de millones en la mira, la calidad del servicio se desploma. La creciente crítica de los empleados estatales, base electoral clave del justicialismo, es el primer síntoma de un quiebre que expone el fracaso de una gestión que no sabe cómo sobrevivir sin los fondos de la Nación.
La Rioja ya no se puede entender a través de los grandes números de la coparticipación o el déficit general. Para comprender la profundidad de la crisis que enfrenta el gobierno provincial, hay que mirar de cerca a la APOS, su obra social. Lejos de ser solo una prestadora de salud, se ha convertido en el termómetro que mide la temperatura de las finanzas y la lealtad política del justicialismo. Y la fiebre es alta.
El colapso de la APOS no es un evento aislado, sino el resultado directo de una decisión política desesperada: centralizar el control de los fondos. Ante la falta de recursos y la necesidad de priorizar los pagos de la provincia, la gestión decidió que la obra social no manejara más su propia caja. Hoy, los pagos a clínicas, sanatorios, farmacias y profesionales no salen de la APOS, sino que deben ser autorizados y gestionados desde la Casa de Gobierno. Esta burocracia, sumada a la escasez de dinero, ha provocado un atraso generalizado en los pagos, poniendo en jaque la atención médica de miles de riojanos.
Las consecuencias son evidentes y políticamente devastadoras. Los empleados estatales, que son la gran masa de afiliados de la APOS y, al mismo tiempo, el núcleo duro de votantes del justicialismo riojano, expresan su descontento de forma creciente. Ven cómo sus aportes, que son sagrados, se diluyen en una caja común de la cual no obtienen respuestas. Las demoras en la autorización de prestaciones, la falta de cobertura en estudios o la negativa de los prestadores a trabajar con la obra social por los atrasos, se han convertido en la charla de cada día en los pasillos de las oficinas públicas.
Este descontento, que antes se manifestaba con resignación, hoy es una amenaza directa para la continuidad del justicialismo. ¿Cómo se puede pedir el voto a un sector que ve cómo el servicio más vital que recibe del Estado se desmorona? La APOS es la evidencia de que la estrategia de mantener la paz social a través del empleo público se resquebraja cuando el Estado no puede garantizar ni siquiera el servicio básico de salud.
La crisis de la obra social, además, desnuda otros problemas estructurales. El déficit de la APOS no es un fenómeno aislado, sino que es un síntoma de una provincia que gasta mucho más de lo que ingresa. La sangría financiera que representan las SAPEM deficitarias, los gastos de una burocracia desmesurada y la falta de fondos de la Nación han dejado a la APOS sin aire. Los miles de millones de pesos que se gastan cada mes en una obra social en crisis, se suman a los que se pierden en empresas estatales inviables y a la deuda del default, conformando un panorama sombrío que el gobierno ya no puede ocultar.
La APOS es, en definitiva, el punto de quiebre. El justicialismo riojano, que se preparaba para una nueva contienda electoral, se encuentra con una crisis que le golpea en su propia base. El control total del Estado, que fue su gran fortaleza durante décadas, hoy se le volvió en contra, y la caída del servicio de salud público es la primera muestra de un colapso que podría redefinir el mapa político de La Rioja.







