Cientos de funcionarios sin capacitación en una provincia que prioriza el compromiso político sobre la idoneidad. La desesperada búsqueda de José Nicolás Portugal en el Cerro La Cruz trae a la memoria colectiva la muerte del piloto Rolando Rasmussen y el choque de helicópteros en Villa Castelli. Un Estado que, parafraseando a Ricardo Mercado Luna, vive de los hechos consumados.
La frase «todo atado con alambre» es mucho más que una expresión coloquial en La Rioja; es el diagnóstico de una provincia cuya estructura de poder parece priorizar la lealtad por encima de la capacidad. Cientos de cargos públicos, desde los más altos hasta los más bajos, están ocupados por hombres y mujeres cuya única credencial es su compromiso político. La idoneidad, la experiencia y la capacitación son requisitos que, en muchos casos, han sido reemplazados por el favor político, creando un aparato estatal que es más una red de contención que una herramienta de gestión.
Hoy, la provincia está consternada por la desaparición de José Nicolás Portugal, un senderista de 55 años, en el Cerro de la Cruz. El hecho, más allá de la tragedia humana, ha expuesto las costuras de un sistema improvisado. La búsqueda, con sus vaivenes y la falta de recursos óptimos, pone de manifiesto que las estructuras estatales no están preparadas para un operativo de esta envergadura. La respuesta de emergencia, aunque impulsada por la buena voluntad de muchos, carece de la profesionalización y el equipamiento que se necesitarían en una provincia con una geografía tan compleja y un potencial turístico tan grande.
Esta consternación trae a la memoria colectiva otros trágicos «hechos consumados» que marcaron a la provincia. El accidente del avión hidrante en el que murió el piloto Rolando Rasmussen, de 52 años, en su intento por controlar un incendio forestal, y la colisión de los helicópteros en Villa Castelli, no fueron meros accidentes. El 9 de marzo de 2015, en el Valle de Yeso, dos helicópteros que prestaban servicio para el reality francés Dropped chocaron, causando la muerte de diez personas: los dos pilotos argentinos y ocho ciudadanos franceses, entre los que se encontraban los deportistas olímpicos Camille Muffat, Florence Arthaud y Alexis Vastine. Fueron, en el fondo, manifestaciones de un Estado que, en momentos críticos, demostró su falta de previsión y su incapacidad para garantizar la seguridad en su territorio.
El escritor riojano Ricardo Mercado Luna inmortalizó esta realidad en su libro «La Rioja de los Hechos Consumados». Sus palabras, que describían una provincia que reacciona a los problemas después de que ocurren, en lugar de prevenirlos, son hoy más vigentes que nunca. El Estado, en lugar de planificar, se ha acostumbrado a improvisar, a apagar incendios y a resolver crisis con los recursos que tiene a mano, por más precarios que sean.
El drama del senderista desaparecido es un recordatorio de que esta cultura de la improvisación tiene consecuencias que van más allá del balance financiero o la discusión política. Demuestra que cuando se prioriza la lealtad sobre la capacidad, el Estado se vuelve vulnerable y, en el peor de los casos, fatalmente ineficaz. La Rioja está atada con alambre, y cada nueva tragedia que la sacude es una muestra más de un sistema que, lamentablemente, ha naturalizado la idea de que siempre se actúa después de que el daño está hecho.












































