El intendente de la Capital riojana, Armando Molina, y el secretario general del PJ provincial, Miguel Galeano, se reunieron con el exdiputado nacional entrerriano Marcelo Casaretto con un símbolo como telón de fondo: un cuadro del Grito de Guaja, obsequio personal del gobernador Ricardo Quintela, que inmortaliza la proclama del caudillo Ángel Vicente «El Chacho» Peñaloza. El encuentro ocurrió el 31 de marzo en Paraná y tiene una lectura que va mucho más allá de la foto: el peronismo federal está tejiendo, provincia a provincia, la red de alianzas que necesita para sobrevivir al ciclo libertario y llegar a 2027 con agenda propia. Hay mensajes que no necesitan palabras. El cuadro que el gobernador Ricardo Quintela eligió para regalar a un dirigente entrerriano no muestra una escena costumbrista ni un paisaje riojano. Muestra el instante exacto en que el Chacho Peñaloza lanzó su proclama en Guaja, el grito que en el siglo XIX simbolizó la resistencia del interior profundo contra las decisiones tomadas en Buenos Aires sin consultar a las provincias. Que ese cuadro haya viajado desde La Rioja hasta Paraná en manos del intendente Armando Molina y del secretario general del PJ provincial, Miguel Galeano, no es un gesto decorativo. Es un manifiesto político. «Grandes compañeros y amigos», escribió Casaretto en su cuenta de X al publicar la fotografía del encuentro, con los tres dirigentes posando frente a la obra. La calidez del texto no debe confundir sobre la densidad política del momento. En un año en que el peronismo del interior busca con urgencia reconstruir su cohesión territorial de cara al ciclo electoral que se abre, cada reunión de este tipo es un ladrillo en una arquitectura más ambiciosa. El Chacho como argumento político del siglo XXI Ángel Vicente Peñaloza no es solo un nombre en los libros de historia riojanos. Es la figura que el peronismo provincial ha convertido en su referencia más poderosa cada vez que necesita articular su confrontación con el poder central en términos que trascienden la coyuntura. El Chacho luchó contra la concentración del poder en Buenos Aires cuando el país todavía estaba decidiendo qué forma tendría. Su proclama de Guaja —la denuncia de que las provincias eran saqueadas en nombre de una organización nacional que las excluía— resuena con una actualidad que los riojanos no necesitan explicar demasiado. Que Quintela haya elegido precisamente ese cuadro para obsequiar a un dirigente de Entre Ríos —otra provincia del interior con alta dependencia de recursos nacionales y estructura productiva agropecuaria— es una forma de decir que el problema no es riojano. Es federal. Y que la historia se repite cuando los mismos mecanismos de concentración operan bajo nombres distintos. El gesto tiene además una dimensión pedagógica hacia adentro del propio peronismo: le recuerda a sus propios cuadros que la tradición que los une no es solo electoral sino histórica, y que la resistencia al centralismo tiene en La Rioja una genealogía que ningún otro distrito puede reclamar con igual legitimidad. Molina y Galeano: los arquitectos de la red La elección de quiénes viajaron a Paraná no es casual. Armando Molina, intendente de la Capital riojana, es uno de los dirigentes con mayor llegada territorial en la provincia y con un perfil que combina gestión municipal concreta con lealtad inquebrantable al espacio quintelista. Su presencia en estos encuentros de articulación federal indica que el gobierno provincial está invirtiendo capital político propio —no solo el del gobernador— en la construcción de alianzas. Miguel Galeano, como secretario general del PJ riojano, es la figura que garantiza que estos movimientos tengan respaldo orgánico dentro del partido. En una etapa en que el peronismo nacional debate su identidad y su conducción —con la herida todavía abierta de la interna que enfrentó a Quintela con Cristina Kirchner por la presidencia del PJ nacional—, la articulación territorial que propone el riojano pasa por construir desde abajo: provincia a provincia, referente a referente, cuadro a cuadro. Casaretto, por su parte, no es un actor menor en el tablero entrerriano. Con trayectoria legislativa nacional y peso propio en la política de Entre Ríos, representa exactamente el tipo de interlocutor que el peronismo riojano necesita: alguien con capacidad de articular agendas en el Congreso y de sumar voces al reclamo federal que La Rioja viene sosteniendo desde que comenzó la administración Milei. El contexto que le da urgencia al encuentro La visita a Paraná no ocurre en el vacío. Ocurre en un momento en que La Rioja acaba de negociar un adelanto de coparticipación federal a través de gestiones de Martín Menem ante Karina Milei y Luis Caputo, en que el Parque Eólico Arauco —el activo energético más valioso de la provincia— está en el centro de una negociación con YPF, y en que los últimos datos económicos confirman la brecha entre la recuperación macroeconómica que celebra el Gobierno nacional y la realidad que viven los riojanos: subocupación que trepó al 15%, pobreza que subió al 37,8% en la capital provincial mientras bajaba a nivel nacional. Entre Ríos conoce bien esa brecha. Como La Rioja, es una provincia donde el ajuste de las transferencias nacionales se traduce directamente en deterioro de servicios, en sueldos estatales que se pagan con dificultad y en una economía local que no tiene el colchón para absorber los shocks externos. Que dos provincias con esas características se sienten a hablar —con el Chacho Peñaloza mirando desde la pared— dice todo sobre la naturaleza del encuentro. La red que se teje en silencio Lo que el peronismo federal está construyendo desde 2024 no tiene nombre oficial ni estructura formal. Es una red de diálogos, visitas, fotos y gestos simbólicos que busca recrear, de manera descentralizada y sin conducción única, la cohesión que el espacio perdió con la derrota electoral de 2023. La apuesta es que la convergencia de las agendas del interior —más recursos coparticipables, defensa de los activos provinciales, rechazo al ajuste en salud y educación— genere por acumulación la masa crítica que ningún dirigente puede construir solo. Quintela lo hace desde La Rioja con sus discursos incendiarios y su confrontación pública con Milei. Madera lo hace desde la vicegobernación posicionándose para 2027. Molina y Galeano lo hacen desde los territorios y los partidos, tejiendo los vínculos que la dirigencia necesita cuando los comicios se acerquen. Y el cuadro del Chacho Peñaloza viaja de provincia en provincia como un recordatorio de que esta pelea tiene historia, tiene raíces y tiene, en la tierra riojana, su capítulo más antiguo y más profundo. El grito de Guaja fue en el siglo XIX. Pero en Paraná, el 31 de marzo de 2026, volvió a escucharse. 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