La interna entre Axel Kicillof y el clan Kirchner reedita la misma lógica que un año atrás frustró la apuesta del gobernador riojano por conducir el PJ Nacional. La parálisis del principal distrito del país tiene, vista desde La Rioja, una raíz conocida: la imposibilidad del justicialismo de dirimir su poder por las urnas internas.

El peronismo vuelve a mirarse en el espejo de su propia interna. Mientras el oficialismo libertario atraviesa una nueva tormenta de palacio, en el justicialismo se reproduce la misma mecánica de sospechas, lealtades en disputa y conflictos latentes. En el centro de esa trama está hoy la relación deteriorada entre el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, y el liderazgo de Cristina Kirchner y su hijo Máximo, una pulseada que mantiene paralizado al distrito decisivo de la política nacional. Pero el episodio no es nuevo, y para La Rioja tiene un antecedente directo: el mismo dispositivo que hoy bloquea a Kicillof fue el que, un año atrás, frustró la apuesta de Ricardo Quintela por conducir el Partido Justicialista a nivel nacional.

Una reunión que no llega

Según la reconstrucción del conflicto, en las últimas semanas hubo gestiones abiertas para que Kicillof y Máximo Kirchner se sentaran a limar asperezas, como paso previo a un eventual encuentro con la expresidenta. De esa tarea se ocuparon tres intermediarios de oficio —Gabriel Katopodis, Mariano Cascallares y Federico Otermín—, pero ninguno logró el cometido. El último intento se registró el 24 de abril, en La Plata, cuando Kicillof asumió la presidencia del PJ bonaerense.

El clima entre ambos sectores es de desconfianza mutua. En el entorno del gobernador sostienen que perdió la confianza en los Kirchner y que el vínculo personal está muy desgastado, además de quejarse de los obstáculos que, entienden, el camporismo le pone a su gestión de manera permanente. Del otro lado aseguran que Máximo Kirchner tiene predisposición a reunirse y que hubo cerca de cinco propuestas que nunca se concretaron. En el cristinismo, además, sostienen que el primer paso debe darlo Kicillof, «porque él fue quien comenzó esta interna». En La Plata responden con la lógica inversa: que fue el camporismo el que vino a «tirar piedras».

El antecedente riojano que pocos recuerdan

Para entender la dimensión del laberinto conviene retroceder al 18 de octubre de 2024. Ese día, en una reunión del Smata, Cristina Kirchner lanzó una frase que quedó grabada en la memoria del peronismo: «Los Poncio Pilatos y los Judas en el peronismo no van más». El dardo, sin nombre propio, apuntaba a Kicillof. Y el telón de fondo era, precisamente, la disputa por la presidencia del PJ Nacional.

En ese momento, el gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela, reclamaba una elección interna frente a Cristina Kirchner que nunca llegó a realizarse. Era una apuesta por dirimir la conducción partidaria en las urnas, en lugar de consagrarla por aclamación. Kicillof, cercano al «Gitano», evitó pronunciarse por cualquiera de los dos: nunca pidió por la expresidenta al frente del partido, y ese silencio fue leído por el cristinismo como un acto de deslealtad. Desde entonces, su nombre quedó asociado a la palabra «traidor».

El dato resulta clave para la lectura provincial: la elección que Quintela impulsaba habría sido el mecanismo institucional para procesar las diferencias internas del justicialismo. Su frustración no fue solo una derrota personal del mandatario riojano, sino la clausura de una vía de competencia que hoy se echa de menos. La parálisis que atraviesa Kicillof —incapaz de reunirse con la conducción, pero también de romper con ella— es, en buena medida, consecuencia de aquel cierre. Sin urnas internas, el peronismo quedó condenado a dirimir su poder en el terreno del desgaste y la sospecha.

El escenario que temen y el reloj de 2027

La hipótesis que sobrevuela la dirigencia es contundente: que, ante la imposibilidad de un consenso, Cristina Kirchner decida poner en cancha un candidato propio y retirar el respaldo al gobernador bonaerense. «Si Cristina dice que Axel no es su candidato, baja 15 puntos automáticamente», calcula un consultor que sigue de cerca las variables del peronismo. La otra salida es la del acuerdo por arriba, un pacto de no agresión que varias voces del peronismo —entre ellas la de Sergio Massa— reclaman con creciente urgencia, bajo la premisa de que no puede haber tres estrategias electorales distintas conviviendo en el mismo espacio.

Para Quintela, que construye su propio armado nacional desde «Federales Somos Todos», el desenlace de esta pulseada no es un dato externo. La definición de quién conduce y quién compite en la provincia de Buenos Aires reordenará todo el tablero peronista de cara a 2027, y con él, el espacio disponible para los liderazgos del interior que aspiran a discutir la centralidad bonaerense. El reloj electoral, advierten en el justicialismo, empezará a correr más rápido después del Mundial.


La interna bonaerense suele leerse como un asunto exclusivo del conurbano, pero su raíz toca de lleno a La Rioja. Cuando Quintela reclamó una elección interna para el PJ Nacional en 2024, planteaba algo más que una candidatura: proponía que el peronismo resolviera sus diferencias compitiendo, no negociando entre cúpulas. La negativa a esa interna —que terminó consolidando la conducción de Cristina Kirchner sin votación— es la misma lógica que hoy tiene atrapado a Kicillof en un laberinto sin salida. Para un gobernador del interior que aspira a proyectarse en el plano nacional, la lección es doble: el justicialismo sigue sin mecanismos institucionales para procesar su pluralidad, y mientras Buenos Aires concentre la disputa por el poder, los liderazgos provinciales como el riojano deberán construir desde los márgenes del esquema. La pregunta que dejó abierta aquella elección frustrada sigue vigente: ¿puede el peronismo elegir sin romperse?

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Por Eduardo Nelson German

Periodismo + Opinión

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