En un área clave para el desarrollo de la provincia, el ministro de Turismo, Gustavo Luna, y el secretario, José Rosa, mantienen una feroz disputa. El conflicto, que expone las tensiones del justicialismo, es el resultado de una decisión del gobernador Ricardo Quintela de darles a ambos una porción de poder.
En el complejo entramado de poder del gobierno de La Rioja, una «guerra santa» se desató en el área de Turismo, una de las carteras más importantes para el desarrollo provincial. En el centro de la disputa se encuentran el ministro Gustavo Luna y el secretario José Rosa, quienes mantienen un profundo conflicto por la dirección del área. La confrontación, que divide al justicialismo, es el resultado directo de una decisión del gobernador Ricardo Quintela de darle a cada uno una «tajada de poder» en lugar de establecer una jerarquía clara.
La visión de Luna se centra en los grandes proyectos simbólicos. Bajo su órbita se encuentran la construcción de «millonarios monumentos», como el recientemente inaugurado Parque Temático en honor a Monseñor Angelelli.
Estos proyectos, más allá de su valor turístico, tienen un fuerte contenido político y de memoria, lo que le da al ministro un peso simbólico y una visibilidad que el justicialismo usa para legitimar su proyecto.
Por otro lado, José Rosa ostenta el control de la empresa estatal de turismo, conocida como SAPEM. Su poder, en cambio, se ancla en la gestión de una compañía pública, que en una provincia con una fuerte dependencia estatal es una herramienta política poderosa. La gestión de la SAPEM le da a Rosa el control sobre recursos y nombramientos, lo que le permite construir una base de poder propia.
El conflicto entre Luna y Rosa es un espejo de las tensiones que atraviesan al justicialismo riojano. El gobernador, al dividir el poder de esta manera, se asegura su rol como el único árbitro de la disputa, lo que le permite mantener su control sobre ambos funcionarios. Sin embargo, esta estrategia tiene un costo: mientras el ministro y el secretario pelean por el control del área, la gestión de la política de turismo se resiente. La «guerra santa» en Turismo es, en definitiva, un reflejo de un justicialismo que, en su lucha por la supervivencia, se consume en sus propias internas, perdiendo de vista los objetivos de desarrollo que la provincia tanto necesita.







