El gobernador riojano viajó a Tierra del Fuego junto a la vicegobernadora Teresita Madera y la senadora Florencia López y fue señalado desde su entorno como un articulador clave «en la construcción de consensos». Su cercanía con Kicillof y su capacidad para dialogar con todos los sectores del PJ lo posicionan como una pieza estratégica del armado opositor, aunque la unidad sigue siendo más una foto que una hoja de ruta.
La Rioja viajó a Tierra del Fuego con agenda política. El gobernador Ricardo Quintela encabezó la delegación riojana que participó de los actos por el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas en Ushuaia y Río Grande, acompañado por la vicegobernadora Teresita Madera y la senadora nacional Florencia López. Pero más allá del contenido patriótico de la conmemoración, el viaje tuvo una dimensión política que desde el entorno del mandatario riojano se encargaron de subrayar: Quintela estuvo activo «en la construcción de consensos» entre los distintos sectores del peronismo, en lo que fue el primer gran ensayo colectivo del justicialismo de cara al ciclo electoral de 2027.
El encuentro fueguino reunió en un mismo espacio a representantes de prácticamente todas las tribus del PJ: La Cámpora, con Mayra Mendoza y Lucía Cámpora; el kicillofismo, con el propio gobernador bonaerense como figura central; el Frente Renovador, representado por la diputada Cecilia Moreau; el peronismo federal y el sindicalismo, con Hugo Moyano (h) entre los presentes. También estuvo el gobernador fueguino Gustavo Melella, otro de los mandatarios provinciales que comparte con Quintela la condición de opositor frontal al gobierno de Javier Milei y, paradójicamente, también la de haber recibido esta semana un adelanto de coparticipación de la Nación que ambos «detestan», según la propia caracterización del oficialismo nacional.
El rol de Quintela: puente entre todas las orillas
La figura del «Gitano» emerge con nitidez en este proceso como la de un dirigente que apostó temprano a la construcción transversal dentro del PJ y que ahora cosecha el reconocimiento de los distintos sectores. Su cercanía con Kicillof es conocida y reiterada: fue uno de los primeros en respaldarlo públicamente como precandidato presidencial, en una declaración que circuló esta semana en la que sostuvo que «el compañero que mejor posicionado está es Axel» y llamó a acompañarlo sin temerle a una interna ordenada.
Pero lo que distingue a Quintela dentro del mapa peronista no es solo ese vínculo con el mandatario bonaerense. Es su capacidad —y su vocación explícita— de hablar con todos. En las semanas previas al encuentro fueguino, el riojano recibió en La Rioja a Eduardo «Wado» de Pedro, histórico referente del cristinismo, en un gesto que apuntó a sellar la reconciliación tras la fallida interna por la conducción del PJ nacional. También se reunió en Buenos Aires con Guillermo Michel, Victoria Tolosa Paz, Ernesto «Pipi» Alí y Kely Olmos, dirigentes de otro espacio dentro del peronismo. La agenda es elocuente: Quintela no pertenece a una sola facción, y esa es, precisamente, su fortaleza.
En Tierra del Fuego, esa condición fue reconocida por los propios participantes. Uno de los legisladores presentes describió al riojano como «un paraguas protector de los dos sectores que se disputan el poder dentro del peronismo», en referencia a la tensión estructural entre el cristinismo y el kicillofismo que ninguna foto, por más cargada de simbolismo que esté, ha logrado resolver de fondo.
La unidad como aspiración, no como realidad
El encuentro fueguino dejó imágenes potentes, pero también dejó en evidencia las limitaciones del proceso de unificación en curso. El propio jefe de La Cámpora, Máximo Kirchner, no estuvo en Tierra del Fuego: mientras Kicillof y Quintela participaban de la vigilia en Río Grande, el diputado encabezaba un acto en el barrio porteño de La Paternal, donde inauguró un mural en homenaje a los combatientes de Malvinas. Allí lanzó una frase que fue leída como una advertencia velada contra los intentos de reducir la interna peronista a la lógica de los nombres propios: «El parteaguas no es un nombre ni un apellido, sino si se defiende la patria o si no se la defiende».
La lectura política de esa declaración es doble. Por un lado, es una invitación a la unidad discursiva en torno al eje anti Milei. Por otro, es un recordatorio de que La Cámpora no está dispuesta a subordinarse a Kicillof sin condiciones, y que la definición del candidato presidencial —y de las listas legislativas en la provincia de Buenos Aires— seguirá siendo una fuente de tensión en los meses que vienen.
Por el momento, lo que el peronismo tiene es una «matriz de coincidencia discursiva» contra el gobierno nacional, pero no una estrategia electoral unificada. Las lecciones de 2025 siguen siendo materia de debate interno, en especial lo ocurrido en la provincia de Buenos Aires, donde Kicillof ganó con holgura la elección provincial pero no logró sostener esa ventaja en los comicios para diputados nacionales. La decisión sobre si Buenos Aires volverá a desdoblar la elección en 2027 —y sobre si adoptará la boleta única en papel para la provincia— será una de las definiciones más trascendentes del próximo año, y Kicillof aún no da señales claras al respecto.
Kicillof teje hacia afuera: el factor radical
Uno de los datos más relevantes que dejó la semana política es que el gobernador bonaerense está explorando, de manera todavía incipiente, la posibilidad de ampliar la base del frente opositor más allá de los límites del peronismo. La reunión que su ministro de Gobierno, Carlos Bianco, mantuvo con el exdiputado Emilio Monzó fue interpretada como un gesto de apertura hacia el espacio del centro no peronista. Y desde el radicalismo bonaerense, un sector que se diferencia del senador Maximiliano Abad envía señales subterráneas: «Si Axel decide dar el paso, seguramente vamos a estar», admitió un dirigente del partido centenario.
Ese «paso» implica, en la lectura de ese sector, una ruptura simbólica con el kirchnerismo más duro. Algo que Kicillof no está dispuesto a dar, al menos no en los términos que plantea ese sector: el gobernador no moverá a los ministros provinciales que responden políticamente a Cristina Kirchner, y cualquier ampliación del frente será hacia afuera, no hacia adentro a expensas del cristinismo.
La Rioja en el mapa: pequeña provincia, gran jugador
Para comprender por qué La Rioja ocupa un lugar tan destacado en este proceso, hay que entender la lógica que rige el armado opositor. En un peronismo fragmentado, donde cada sector desconfía de los demás y donde la historia reciente está cargada de heridas abiertas, los dirigentes que pueden moverse con libertad entre facciones sin quedar cautivos de ninguna son un activo escaso y valioso.
Quintela reúne esas condiciones. Gobierna una provincia pequeña —lo que lo libera de las presiones y los condicionamientos que pesan sobre Kicillof en Buenos Aires o sobre otros gobernadores de distritos grandes—, tiene una relación de cercanía personal con el mandatario bonaerense, no carga con el estigma de haber sido parte del gobierno nacional de Alberto Fernández, y ha construido un perfil de confrontación con Milei que le da legitimidad ante las bases del PJ sin haberlo llevado al extremo del aislamiento político.
La paradoja es que esa misma provincia que Quintela gobierna atraviesa una de las crisis fiscales más severas del interior del país, depende casi exclusivamente de los fondos nacionales para sostener su aparato estatal y acaba de aceptar un préstamo de coparticipación del gobierno que dice combatir. Administrar esa contradicción —ser un referente opositor de peso nacional mientras se negocia en silencio con la Nación para pagar los sueldos de los empleados públicos riojanos— es el desafío político más exigente que Quintela enfrenta mientras el calendario avanza, inexorablemente, hacia 2027.







