El Diario de Eduardo German

La Rioja · Argentina

Panorama político en La Rioja: el ocaso de un modelo y la incertidumbre de un futuro polarizado

La Rioja atraviesa el ocaso del modelo que la gobernó por más de 40 años. Con un «Estado obeso» y sin fondos nacionales, la provincia se enfrenta a una crisis financiera sin precedentes, una gestión «atada con alambre» y un electorado que, entre las «migajas» de un justicialismo en retirada y la «motosierra» de un…

La Rioja atraviesa el ocaso del modelo que la gobernó por más de 40 años. Con un «Estado obeso» y sin fondos nacionales, la provincia se enfrenta a una crisis financiera sin precedentes, una gestión «atada con alambre» y un electorado que, entre las «migajas» de un justicialismo en retirada y la «motosierra» de un nuevo poder, definirá si el ciclo histórico del poder riojano ha llegado a su fin.

La Rioja se encuentra en una encrucijada política e histórica. Tras cuatro décadas de poder ininterrumpido del justicialismo, el modelo sobre el que se cimentó esa hegemonía parece haber llegado a su fin. Lo que alguna vez fue una fortaleza —la dependencia casi absoluta de los fondos federales— es hoy el principal factor de riesgo en un contexto de austeridad nacional. La provincia, un «Estado obeso» que gasta el 95% de su presupuesto con dinero de la Nación, se enfrenta al desafío de sobrevivir sin la billetera de la Casa Rosada y con una estructura que ya no puede sostener.

El Justicialismo, liderado por el gobernador Ricardo Quintela, se encuentra en una situación de extrema fragilidad. La bonanza de los fondos discrecionales de la presidencia de Alberto Fernández terminó abruptamente con la llegada de Javier Milei. Esto expuso una crisis financiera y administrativa que se manifiesta en cada rincón. La provincia está en default por el bono del Parque Eólico Arauco y las casi 50 empresas estatales, las SAPEM, son en su mayoría deficitarias, una sangría permanente de recursos. La obra social APOS, que antes administraba sus propios fondos, hoy es el termómetro de esta crisis: los pagos se controlan desde la gobernación, generando demoras, un colapso en la atención y el creciente enojo de los empleados estatales, la principal base electoral del oficialismo. En medio de este caos, el jefe de gabinete, Juan Luna Corzo, se ha convertido en el «señor del no», el blanco de las críticas por aplicar un ajuste que, aunque doloroso, es inevitable.

Esta crisis de gestión es también una crisis de idoneidad. La provincia está «atada con alambre», con una burocracia que privilegia los cargos políticos sobre la capacitación. Las consecuencias de esta improvisación son trágicas, como lo demuestran los eventos que hoy marcan la memoria colectiva riojana: la muerte del piloto Rolando Rasmussen en su avión hidrante, el choque de helicópteros en Villa Castelli en 2015 y, más recientemente, la desesperada búsqueda del senderista José Nicolás Portugal. Son todos «hechos consumados» que evidencian la falta de un Estado preparado para sus propias responsabilidades.

En este delicado contexto, el escenario electoral se presenta polarizado y con un final incierto. Las elecciones legislativas de octubre son la antesala del 2027. Por un lado, el justicialismo de Quintela, que estratégicamente instaló a Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, como su principal opositor. El objetivo es polarizar la contienda y neutralizar a otras fuerzas, pero la jugada es un riesgo mayúsculo: un traspié en octubre podría darle a Menem el impulso definitivo para la gobernación. Por otro lado, en medio de esta confrontación, un sector de justicialistas disidentes, la UCR y parte del PRO intentan gestar una «tercera vía», un espacio de moderación que, si bien tiene un potencial electoral, carece de un liderazgo unificado y de los recursos necesarios para competir.

La contienda electoral se definirá en gran medida en torno al voto de los empleados estatales. El justicialismo, en su intento por mantener la lealtad, anunció un aumento salarial que se cobrará un mes antes de las elecciones. Este gesto, sin embargo, es una «migaja» en comparación con la inflación y los bajos sueldos. La gran incógnita es si el miedo a la «motosierra» de Milei, cuya imagen se desplomó en la provincia, será suficiente para asegurar el voto de una población que vive, paradójicamente, de un Estado que les paga mal y les brinda servicios en crisis. El futuro político de La Rioja no solo se juega en las urnas, sino en la capacidad de su dirigencia de adaptarse a una nueva realidad o, de lo contrario, ver cómo el viejo modelo se desmorona de manera definitiva.


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