En seis años de gestión, el gobierno de La Rioja invirtió millones en una estrategia comunicacional basada en la proliferación de páginas en redes sociales y medios porteños. El plan, diseñado para instalar una Rioja que no existe, se volvió en contra, y hoy la gestión padece su falta de credibilidad en cada mensaje.
En la política riojana, la comunicación del gobierno de Ricardo Quintela se encuentra en una profunda crisis. Lo que se pensó como un plan maestro para instalar un mensaje, se convirtió en un «bumerán» que hoy le estalla en la cara al oficialismo. Durante seis años, el gobierno se caracterizó por una prolífica estrategia de comunicación en redes sociales, financiada con millones, que buscaba mostrar una Rioja que, en la realidad, no existía.
La estrategia, que tuvo su momento de gloria durante las «mieles» de la presidencia de Alberto Fernández, consistía en la creación de una red de páginas de Facebook y la contratación de «medios K porteños» para proyectar una imagen de una provincia en constante crecimiento. Sin embargo, este modelo de comunicación, que se basaba en la negación de la realidad, se volvió insostenible con la llegada de la escasez bajo el gobierno de Javier Milei.
El fracaso de esta estrategia se hizo evidente con la falta de capacidad del gobierno para instalar un mensaje sobre el «dudoso destino de los recursos públicos». La falta de transparencia en casos como el del FGS, que se investiga por una inversión millonaria en un parque solar que no se construyó, es la prueba de que la comunicación oficial no pudo ocultar la realidad de un Estado que se percibe como poco transparente.
Hoy, Quintela sufre las consecuencias de su falta de credibilidad. El reciente anuncio de un incremento salarial para los estatales, que en otro contexto hubiera sido bien recibido, «cayó muy mal» en la población. La gente, que vive en la precariedad y que padece los efectos de la crisis, ya no cree en los mensajes de un gobierno que le prometió una Rioja que nunca llegó.
La comunicación del gobierno, de este modo, se convierte en un símbolo del fracaso de la gestión. La estrategia que invirtió millones en una ficción, ahora se enfrenta a una realidad que es mucho más ruidosa y que se manifiesta en el hartazgo de la gente. El costo político de esta falta de credibilidad será un factor clave en las elecciones de octubre, donde el justicialismo no solo tendrá que enfrentar a una oposición unificada, sino también a un pueblo que ya no cree en los mensajes del oficialismo.