Meses atrás el Ministerio de Desarrollo Social entregaba entre 40 y 50 módulos alimentarios diarios en sus cuatro zonas de la ciudad. Hoy esa cifra trepó a entre 200 y 250. Lo que cambió no es solo la cantidad: ahora llegan empleados públicos y trabajadores con sueldo que desde el día 20 del mes ya no tienen con qué comer.
Doscientas cincuenta familias por día. Esa es la nueva normalidad alimentaria de la ciudad de La Rioja. El Ministerio de Desarrollo, Igualdad e Integración Social distribuye módulos alimentarios en cuatro zonas de la capital y la demanda se multiplicó por cinco en pocos meses. No hay forma de leer ese número sin que duela.
Lo que hace más contundente el dato no es solo su magnitud sino su composición. Durante años, la asistencia alimentaria de emergencia tuvo un perfil relativamente predecible: hogares en situación de pobreza estructural, familias vinculadas a programas sociales, personas sin trabajo formal. Ese universo sigue estando. Pero ahora hay otro, nuevo y más perturbador: el del trabajador con empleo y sueldo que llega al ministerio a pedir comida porque desde el día 20 del mes ya no le alcanza para alimentarse.
El trabajador que cobra y no llega
El fenómeno que describe la demanda actual en los centros de asistencia de la capital riojana tiene nombre técnico en economía: empobrecimiento del trabajador formal. Ocurre cuando los salarios crecen por debajo de la inflación durante un período prolongado y la brecha entre ingresos y gastos básicos se vuelve insalvable. Ocurre también cuando las deudas acumuladas —tarjetas de crédito, servicios como luz o internet, cuotas de cualquier tipo— absorben una parte del salario que antes se destinaba a la alimentación.
El perfil que hoy golpea la puerta del ministerio en la capital incluye empleados de la administración pública provincial con obligaciones financieras que superan su capacidad de pago mensual. Gente que tiene trabajo, que cobra, que formalmente no es pobre, pero que entre el día 20 y el fin de mes no tiene con qué poner comida en la mesa. Es el retrato más crudo del deterioro real del poder adquisitivo que los índices macroeconómicos no terminan de capturar.
Los niños en el centro de la preocupación
Entre los grupos que concentran la mayor preocupación de los equipos técnicos del ministerio aparecen los niños en edad escolar. La relación entre alimentación insuficiente y rendimiento educativo está documentada: un chico que no desayuna no aprende igual, un adolescente que come mal no rinde igual. La escuela puede ser el último punto de contacto institucional que tienen muchas de estas familias con el Estado, y también el lugar donde el hambre se hace visible antes de que llegue al ministerio.
Una cifra que es también un diagnóstico
Pasar de 50 a 250 módulos diarios en pocos meses no es una variación estadística menor. Es una señal de que algo en la cadena económica se rompió para una franja significativa de la población urbana de La Rioja. No solo para los que ya estaban en el margen, sino para sectores que hasta hace poco se consideraban a salvo de necesitar asistencia alimentaria de emergencia.
La provincia continúa reforzando los mecanismos de respuesta para absorber una demanda que no para de crecer. Pero la pregunta que esos 250 módulos diarios dejan sobre la mesa es más profunda que la logística de la asistencia: cuánto más puede crecer esa cifra antes de que el sistema de contención llegue a su propio límite.
En la capital riojana, los pedidos de comida se multiplicaron por cinco: ya son 250 familias por día las que no pueden alimentarse solas
Meses atrás el Ministerio de Desarrollo Social entregaba entre 40 y 50 módulos alimentarios diarios en sus cuatro zonas de la ciudad. Hoy esa cifra trepó a entre 200 y 250. Lo que cambió no es solo la cantidad: ahora llegan empleados públicos y trabajadores con sueldo que desde el día 20 del mes ya…

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