Aunque las últimas precipitaciones mejoraron represas y reservorios, gran parte de la provincia continúa dependiendo de perforaciones, acueductos vulnerables y acuíferos poco estudiados. El problema ya no es solamente cuánto llueve, sino cómo se conserva, distribuye y controla un recurso escaso.
En La Rioja, una tormenta puede llenar una represa, recuperar pasturas y aliviar durante algunos meses a los productores. También puede provocar crecientes violentas, destruir defensas y aislar poblaciones. Sin embargo, ninguna lluvia aislada alcanza para resolver una crisis hídrica que se volvió estructural.
La provincia posee un clima predominantemente árido o semiárido, con precipitaciones escasas, estacionales y, muchas veces, torrenciales. Además, según el mapa oficial de cuencas, el 73% de su superficie corresponde a cuencas cerradas: el agua no desemboca en el mar, sino que termina evaporándose o infiltrándose dentro del propio territorio.
Esta geografía explica la fuerte dependencia de las perforaciones. El agua subterránea sostiene el consumo humano, la producción y buena parte de los sistemas de riego. Pero extraer más agua tampoco constituye una solución ilimitada: si el bombeo supera la capacidad natural de recarga, pueden descender las napas y deteriorarse la calidad del recurso.
En 2024, técnicos del INTA, el Ministerio de Agua y Energía y la Universidad Nacional de La Rioja comenzaron a relevar niveles y composición química de pozos en General Ocampo. El objetivo fue establecer una red de monitoreo, un dato revelador de una debilidad histórica: todavía se necesita conocer con mayor precisión cuánto se extrae y cuánto pueden recuperar los acuíferos.
La emergencia no es nueva. La Legislatura prorrogó hasta el 31 de diciembre de 2025 la emergencia hídrica en todo el territorio provincial. En marzo de 2026, documentos legislativos volvieron a describirla como una realidad cotidiana que afecta la salud, la producción y la calidad de vida, especialmente en localidades como Chepes.
Las lluvias del último verano mejoraron las reservas y permitieron recuperar represas. No obstante, en la Capital continuaron los turnos de distribución en sectores altos y el dique Los Sauces permaneció en niveles similares a los de temporadas anteriores. El alivio meteorológico no corrigió las pérdidas de las redes, la desigualdad territorial ni la fragilidad de los sistemas de captación.
“Esta provincia vive en una crisis permanente respecto al agua”, resumió en junio el ministro Adolfo Scaglioni.
La definición expone el verdadero desafío: pasar de las respuestas de emergencia a una política sostenida que incluya medición pública de los acuíferos, reparación de redes, captación de lluvias, mantenimiento de represas, protección de cuencas y controles efectivos contra el derroche.
En este contexto, el meteorólogo Sergio Morán advirtió que el escenario puede combinar pocas precipitaciones con episodios intensos, incluso granizo, y temperaturas superiores a lo normal. Según explicó, esa irregularidad no elimina el riesgo de emergencia hídrica: las lluvias concentradas no aseguran una recarga sostenida de represas y acuíferos.
Morán también vinculó la sequedad del suelo y el viento Zonda con un aumento del peligro de incendios. “Si prendemos un incendio, ocasiona gasto de agua”, señaló, y pidió evitar cualquier quema. El especialista anticipó noches y mañanas frescas tras el paso del Zonda, pero un ascenso térmico posterior y posibles máximas extremas hacia el verano.
En La Rioja, cuidar el agua es indispensable, pero trasladar toda la responsabilidad a los hogares sería insuficiente. Sin información, infraestructura y planificación de largo plazo, cada verano volverá a colocar a miles de familias frente a la misma incertidumbre.







