Massa le hizo saber a Quintela que Guerra es el nexo de La Rioja con Casa Rosada, según un sitio digital

El sitio digital Mendoza On Line tituló «Enojada y sola: Cristina teje su proyecto para 2023 sin Alberto». En ese sentido, explica: «La vice presiona y tensiona pero no hay respuesta del otro lado. Alberto insiste con las PASO y va a jugar salvo que las encuestas certifiquen que puede quedar tercero y perderse el lugar en el balotaje».

Según Mendoza On Line, Cristina entonces busca llamar la atención y no lo logra, sus emisarios irritan, tensan y vuelven cansados y sin resultados. En todos lados, incluso en el interior, donde cuando nadie los escucha a los gobernadores, dicen que la hora de Cristina ya pasó y que la negativa de la expresidenta no es negociable.

Hace poco intercambió mensajes con el riojano Ricardo Guerra, senador que asumió en reemplazo de Carlos Menem y se posiciona internamente como técnico y no el clásico político riojano carismático. Sergio Massa le hizo saber al gobernador Ricardo Quintela que a partir de ahora los mensajes se intercambiarán con Guerra y no con él, producto de la imagen negativa alta que sostiene el añejo caudillo riojano que pretende gobernar con mano de hierro una provincia diezmada únicamente por el partido peronista.

Cristina buscó las últimas tres semanas provocar un round más con el presidente Alberto Fernández, y el resultado fue aun peor del que esperaba: no le importa ni discutir con ella. A través de operadores parlamentarios hizo explícito su poder bloqueando el ascenso militar de quien cuida a Alberto y a su familia, volvió a denostar el rumbo económico emprendido por quien ella odió y odia, y en el que esencialmente no confía, Sergio Massa, el único que logró ser un dirigente encumbradamente anti kirchnerista mientras era jefe de Gabinete de ministros en 2009 de Cristina.

Anomalías del peronismo versátil. En un croquis más pertinente para un psiquiatra o un escritor fantástico, la vice empezó a tejer sin su presidente, odiando al ministro de Economía y despreciando a diputados y senadores propios, pero seduciendo a legisladores ajenos, empresarios otrora despreciados, dirigentes sociales amigos de Alberto y periodistas amigos del fuego amigo siempre.

Así, la respuesta no tardó en llegar: Alberto reiteró esta semana en algunas reuniones la importancia de que haya PASO en todos lados, incluso en La Matanza, el lugar más densamente poblado y de mayor relevancia política del país. La mujer de Emilio Pérsico, uno de los dirigentes que, dicen, influye en el pensamiento presidencial, anunció su desembarco matancero imprimiendo sus primeros afiches en la empresa de Pepe Albistur, amigo querido del Presidente.

Casi un insulto a Fernando Espinoza, con la rústica impronta del dirigente que cree que solo un lista vertical tiene que existir para votar un municipio de más de dos millones de personas. Ostenta su cucarda más preciada, la tierra arrasada matancera no tuvo una noche sin peronismo desde el regreso de la democracia en 1983, un títuo difícil de defender en el ring político.

«Déjense de joder con los unicatos, abran el juego, ganen internas, impongan criterio ganando en sus distritos, basta de dedos», es el mensaje que baja a través de sus funcionarios bonaerenses Alberto Fernández. «Si Matanza hubiera tenido el presupuesto de Horacio, seríamos Oslo, pero eso ningún medio lo va a decir», aclaró un referente matancero con quince años de vínculo con Espinoza. Nunca lo sabremos.

En consecuencia, buscará Cristina endurecer a los propios, seducir a los ajenos, mejorar su imagen que hoy supera los 65% de imagen negativa, conseguir apoyo de la liga de gobernadores que por ahora homenajean a Marcel Marceau cada vez que les preguntan a quién acompañarán el año que viene, y reconciliarse con parte del stablishment que ve en ella la vuelta del peor populismo, pero el que les hizo engrosar más billeteras que «la derecha liberal pro mercado» de Mauricio Macri. Es el rol de Wado de Pedro, y lo lleva adelante con aceptación por parte de los privados.

Cristina no le habla, pero le gustaría hablar, criticarlo y lograr algún tipo de enojo o decepción en el Presidente. No pasa ni va a pasar, Alberto dio por terminado el conflicto con la vice, que solo se reeditará cuando los ministros y segundas líneas vayan a poner la cara en sus territorios a partir de febrero y los reemplazos vuelvan a desatar el tifón de nombres de cada tercio del Frente de Todos.

Cristina se enteró del último cambio de Gabinete, si no habla con el Presidente, le volverá a pasar en breve. Manzur partirá, tras fallidos intentos mediáticos de adelantar su renuncia, no antes del fin de febrero, se lo prometió a Alberto y no parece estar dispuesto a tensionar el vínculo con él.

Alberto decidirá los próximos ministros y se lo hizo saber a Cristina, que enfureció post fallo adverso con tibio apoyo de su espacio político. Enorme desafío para Sergio Massa, quien hace ocho minutos en términos históricos juró trabajar para encarcelar a quienes hoy tiene que apoyar, absolver discursivamente e incluso empatizar.

Hay un nutriente que inspira a Alberto: después de tensiones, agravios, insultos, operaciones a través de medios cristinistas y otras hierbas, se dio cuenta de que la imagen del Gobierno mejoraba, dentro de lo posible, a medida que se alejaba de Cristina y lo registró en los últimos focus.

Se aleja entonces convencido de que el estoicismo es lo único que puede llevarlo a un balotaje el año que viene, en caso de que sea candidato y logre imponerse como tal en las PASO. Las encuestas encargadas por la oposición muestran que ese escenario es imposible de toda posibilidad, que Alberto y Cristina están terminados y que el próximo gobierno será opositor sin lugar a otra opción. De todas formas, con razón, en el oficialismo ven con buenos ojos la imposibilidad de cuajar un cuadro político opositor que reedite Cambiemos, algo que no va a pasar.

Cristina entonces busca llamar la atención y no lo logra, sus emisarios irritan, tensan y vuelven cansados y sin resultados. En todos lados, incluso en el interior, donde cuando nadie los escucha a los gobernadores, dicen que la hora de Cristina ya pasó y que la negativa de la expresidenta no es negociable.

Hace poco intercambió mensajes con el riojano Ricardo Guerra, senador que asumió en reemplazo de Carlos Menem y se posiciona internamente como técnico y no el clásico político riojano carismático. Sergio Massa le hizo saber al gobernador Ricardo Quintela que a partir de ahora los mensajes se intercambiarán con Guerra y no con él, producto de la imagen negativa alta que sostiene el añejo caudillo riojano que pretende gobernar con mano de hierro una provincia diezmada únicamente por el partido peronista.

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