El Diario de Eduardo German

La Rioja · Argentina

La Rioja, el espejo roto de Menem, Kirchner y Fernández: la provincia que se ahogó en la coparticipación

Tres presidentes con la provincia en el corazón y una economía que se estancó en la dependencia. Ni Menem, riojano de cuna, ni Kirchner, que le envió una catarata de millones, ni Fernández, que la recordó con su padre, lograron sacarla de la trampa. De cada $1.000 que gasta, $950 llegan desde Buenos Aires. La…

Tres presidentes con la provincia en el corazón y una economía que se estancó en la dependencia. Ni Menem, riojano de cuna, ni Kirchner, que le envió una catarata de millones, ni Fernández, que la recordó con su padre, lograron sacarla de la trampa. De cada $1.000 que gasta, $950 llegan desde Buenos Aires.


    La anécdota, casi un mito, que envuelve a La Rioja es tan cruda como real: de cada mil pesos que circulan por las arcas provinciales, 950 llegan directamente desde la coparticipación federal, un salvavidas que, lejos de impulsarla, la ha convertido en un ancla. Es la provincia que, en los últimos 30 años, tuvo a tres presidentes que la conocieron de cerca, la apadrinaron o le abrieron el grifo de la Casa Rosada, pero que no lograron romper el círculo vicioso de la dependencia.

    El primero fue Carlos Menem. El riojano de Anillaco, con la banda presidencial en el pecho, generó una expectativa sin igual. La provincia que le dio su cuna creyó que el desarrollo llegaría de la mano de la promoción industrial. Se llenó de fábricas de zapatillas y textiles, atraídas por la zanahoria de los beneficios fiscales. Pero la fiesta duró lo que duraron los subsidios. Empresas «golondrinas» que se instalaron para esquilmar al Estado y se fueron cuando la miel se acabó, dejando un desierto industrial y una estructura productiva ficticia. El sueño de Menem para La Rioja fue un espejismo que terminó por debilitar aún más la economía local.

    Luego llegó el turno de Néstor Kirchner. Su relación con La Rioja no fue de amor, sino de revancha. Empeñado en borrar a Menem de la historia y del mapa político, Kirchner se propuso doblegar a los dirigentes riojanos a fuerza de chequera. La provincia se inundó de millones de pesos, pero sin un plan estratégico. Los fondos se utilizaron para obra pública y para mantener a flote un aparato estatal sobredimensionado. La lógica era simple: «el que paga manda». Y el que pagaba era Kirchner, que buscaba construir un poder alternativo al viejo caudillismo riojano. Pero el dinero, en lugar de generar un crecimiento genuino, solo sirvió para profundizar la asistencia y la dependencia del Estado nacional.

    Finalmente, el último capítulo de esta historia de desilusiones lo escribió Alberto Fernández. La provincia fue un oasis de lealtad en su presidencia. Fernández, con un discurso emotivo, recordó la historia de su padre en Chilecito, y la relación se selló con la apertura de un grifo de fondos que, si bien ayudaron a paliar la crisis, no modificaron la estructura de fondo. El «albertismo» riojano se benefició de la cercanía con Balcarce 50, pero la provincia continuó siendo una de las más asistidas de todo el país. La inercia del pasado se hizo presente: el dinero se utilizó para sostener la gobernabilidad y no para impulsar una revolución productiva que permitiera a La Rioja caminar sola.

    Hoy, la provincia sigue siendo un claro ejemplo de cómo la ayuda del Estado, sin un plan de desarrollo real y sostenible, puede convertirse en una trampa mortal. La coparticipación, ese gran paraguas protector, ahogó la iniciativa privada, la búsqueda de mercados propios y la diversificación económica. Menem, Kirchner y Fernández pasaron por la Casa Rosada, con La Rioja en el corazón o en la mira, pero la provincia que dejaron atrás es, lamentablemente, la misma que siempre ha sido: un territorio que no logra escapar de la mano invisible, y al mismo tiempo omnipresente, del Estado nacional.


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