Luis Caputo y Javier Milei durante el almuerzo en Olivos del 11 de septiembre de 2026. Foto difundida por Luis Caputo en X. Fuente de la imagen.
Opinión de eduardogerman.com.
El Gobierno terminó la semana con dos resultados que respaldan su estrategia económica: una inflación mensual del 1,7% y una licitación que permitió renovar más de la totalidad de los vencimientos del Tesoro. Pero la misma agenda informativa mostró un límite: los hogares y las empresas no enfrentan las mismas condiciones de financiamiento que el Estado. La estabilidad de los indicadores financieros y la recuperación del ingreso disponible son procesos relacionados, con velocidades diferentes.
El IPC de agosto desaceleró desde el 2,1% de julio y acumuló un 21,3% en ocho meses. Es una mejora concreta en el ritmo de aumento de los precios. Sin embargo, los servicios subieron un 2% y los regulados un 2,2%. La composición del gasto importa: una familia con fuerte peso de tarifas y servicios puede percibir un alivio menor que el sugerido por el promedio.
El costo de sostener la vida cotidiana
La canasta básica total del Gran Buenos Aires aumentó un 2,6% en agosto. Para el hogar de referencia de cuatro integrantes llegó a $1.605.497. La comparación con el IPC tiene límites de cobertura y composición, pero permite advertir que el umbral de ingresos necesario para cubrir esa canasta avanzó más rápido que el índice general.
Ese dato no mide por sí mismo la evolución de la pobreza. Para conocerla también hacen falta los ingresos de los hogares. Sí plantea una exigencia para la política económica: la desaceleración será socialmente más perceptible cuando salarios, jubilaciones y otras entradas puedan acompañar los gastos que cada familia efectivamente afronta.
El crédito tampoco ofrece una recuperación uniforme. Según el informe monetario de agosto, el saldo de préstamos privados en pesos cayó un 1% real desestacionalizado. El saldo de financiamiento con tarjetas retrocedió un 3,3%, mientras el de préstamos hipotecarios creció un 2,8%, también en términos reales y desestacionalizados. El avance del crédito hipotecario coexistió así con una contracción en una herramienta habitual de financiamiento del consumo.
El saldo de crédito resulta de nuevos préstamos y cancelaciones. Su caída no demuestra, por sí sola, que las compras bajaron en igual proporción ni permite separar cuánto responde a decisiones de los hogares y cuánto a condiciones de los bancos. Esa distinción evita atribuir una causa única a un dato que admite mecanismos diferentes.
También importan las fechas: el balance crediticio corresponde a agosto y la reducción de tasas del Banco Nación comenzó en septiembre. El informe anterior no mide los efectos de la nueva línea. Su resultado deberá observarse después, en el acceso a la refinanciación y en la capacidad de sostener los pagos.
Refinanciar ayuda, pero no reemplaza al ingreso
La reducción de la tasa del Banco Nación para refinanciar tarjetas introduce un alivio específico. La tasa nominal anual (TNA) bajó del 35% al 29% para la línea con atrasos de entre uno y 85 días. No implica una rebaja general del crédito ni elimina la necesidad de sostener las cuotas durante varios años.
La medida convive con el diagnóstico del IERAL sobre tasas reales positivas, que identifica un sesgo monetario restrictivo. El incentivo al ahorro en pesos puede contribuir a la estabilidad, mientras el costo de financiarse condiciona otras decisiones económicas.
La licitación del viernes, con $8,41 billones adjudicados, permitió renovar el equivalente al 103,46% de los vencimientos de esa jornada. Cerca de la mitad se concentró en una letra que vence en noviembre. El resultado no despeja automáticamente las necesidades futuras.
Qué mejora llega primero y a quiénes
Una inflación más baja reduce el ritmo al que se deteriora el poder de compra de un ingreso nominal que permanece fijo. Recuperar lo perdido requiere, además, que ese ingreso crezca en relación con los gastos. De allí que una mejora en el índice general pueda coexistir con familias que todavía ajustan consumos o necesitan crédito para afrontar obligaciones.
El financiamiento del Tesoro resuelve otra necesidad. Renovar vencimientos permite administrar compromisos públicos, mientras un préstamo familiar depende de ingresos, antecedentes y condiciones específicas. Comparar ambos resultados ayuda a ver la diversidad de la economía; no implica que el acceso del Estado a fondos se traslade automáticamente a los hogares.
Las tasas reales positivas también presentan una tensión. Pueden favorecer la tenencia de activos en pesos y desalentar decisiones de gasto financiado. El informe del IERAL describe ese sesgo, pero no ofrece una respuesta universal sobre la tasa adecuada para cada actividad. La evaluación del programa debería observar estabilidad, crédito, producción e ingresos en conjunto.
Para este sitio, una estabilización duradera necesita ampliar su base social. Eso exige que el seguimiento oficial muestre cómo evoluciona la capacidad de compra entre distintos hogares, además del promedio de precios. La canasta básica y el crédito aportan señales relevantes; salarios, jubilaciones y empleo completarían una evaluación que estos datos todavía no resuelven.
El balance favorable del IPC y la licitación fortalece el argumento del Gobierno sobre la estabilización. La caída del crédito de consumo y el aumento de la canasta básica muestran, a la vez, por qué ese resultado puede tardar en sentirse en los hogares. La mejora será más extendida si los ingresos recuperan capacidad de compra y disminuye la necesidad de refinanciar gastos cotidianos.
