Quintela, la censura y el sueño húmedo de los autócratas

El gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela, estalló en un rapto de furia autoritaria contra el periodismo.

Lo irritó el tratamiento en medios porteños de dos episodios de populismo explícito, más bien naif si se los compara con otras prácticas habituales en La Rioja. La intendenta de Chamical repartió tres kilos de asado a cada empleado del municipio. Y el gobernador dispuso un asueto para que los dependientes de la Provincia prolonguen el festejo del Día del Trabajador.

La Rioja tiene 50 mil agentes públicos, dos por cada trabajador privado en blanco, contando empleados en relación de dependencia, monotributistas y autónomos. Son 116 estatales por cada mil habitantes, una de las peores relaciones del país.

Retrato de una economía improductiva, pero propicia para un clientelismo de bajo costo. Los estatales riojanos ganan 25% menos que los privados. Simplemente, por la escasez de fuentes de trabajo alternativas.

A menos empleo privado, más dependencia del Estado y del partido del poder, el mismo en La Rioja desde 1983. Para los entrampados en ese juego perverso, el voto es el cargo. Y mecanismos aceitados de control político aseguran que lo sea.

Un esquema feudal que debe ser invulnerable a la crítica para sobrevivir. Los medios porteños rompieron esta vez esa coraza e irritaron al gobernador. Quintela cuida la quinta.

Proclamó su voluntad de “bloquear” a los medios que perforan con “información podrida” –según su descalificación– un cerrojo informativo imaginario. Un enfoque que revela sobredosis simétricas de absolutismo e ignorancia. El control de la información y las opiniones que navegan en Internet ni siquiera pueden ser totalmente bloqueadas por una dictadura con los medios tecnológicos más avanzados, como China.

Quintela postuló reemplazar las señales de televisión porteñas por una red de canales oficiales –u oficialistas– bajo el control de los gobernadores del Norte Grande, casi todos afines.

El sueño húmedo de los autócratas es subordinar el periodismo al poder. Los instrumentos son variados. El monopolio informativo con medios “propios”. La censura abierta. Las amenazas a periodistas críticos. El condicionamiento de empresas periodísticas débiles mediante la pauta publicitaria del Estado, dominante en provincias como La Rioja, ante la escasez de anunciantes privados.

En una democracia consolidada, los periodistas estamos sometidos a la crítica y a la elección diaria del público. Y no es casual que los medios oficialistas sean casi siempre los de menor audiencia.

La libertad de expresión y el pluralismo informativo son el sostén del derecho a la información de los ciudadanos. Y éste es un insumo primordial para el libre ejercicio de su soberanía en el voto, la opinión y el control del poder.

Nada incomoda más al despotismo explícito o agazapado. La furia de Quintela lo confirma.

Por Carlos Sagristani, jefe de noticias de radio Mitre Córdoba