Con la mayor cantidad de baches del país, la capital riojana solo ve mejoras en su infraestructura en años electorales. La crítica a la gestión municipal, que es reactiva y no proactiva, se agudiza en un contexto de escasez de recursos.
En la capital de La Rioja, un comentario agudo y cargado de sarcasmo se repite en las calles: “La Rioja debería tener todos los años elecciones”. El dicho es una crítica directa a una forma de gobernar que solo parece reactivarse con la cercanía de una contienda electoral. La ciudad, que según la opinión popular es “la capital de provincia con mayor cantidad de baches”, es testigo de cómo el asfalto, las luces y la limpieza se convierten en un maquillaje electoral.
La crítica a esta forma de hacer política es una clara señal del descontento de los riojanos con la gestión municipal. La falta de un plan de obra pública y de mantenimiento a largo plazo se hace evidente con la llegada de las elecciones, que son el único motor que parece impulsar la mejora de la infraestructura. La situación es un reflejo de una gestión que prioriza el corto plazo político por encima de la calidad de vida de los ciudadanos.
Este “síndrome de la elección” es un gran problema para el peronismo. Con el gobierno provincial enfrentando una campaña sin los fondos de otros años, la práctica de “reasfaltar, colocar luces y limpiar” podría verse limitada. La falta de recursos podría dejar al descubierto el abandono de la ciudad, un factor que la oposición de La Libertad Avanza puede utilizar a su favor para demostrar que el modelo del “quintelismo” es ineficiente.
La capital de La Rioja se convierte así en un símbolo de una política que solo funciona bajo la presión de las urnas. El estado de la ciudad es el argumento más fuerte de quienes critican el modelo de gobierno, y es una señal de que el electorado puede estar dispuesto a votar por un cambio que, al menos en su discurso, promete una gestión más transparente y eficiente.







