El Diario de Eduardo German

La Rioja · Argentina

La Rioja, el cristal roto del justicialismo: el hartazgo que ni Menem ni los miles de millones de Kirchner pudieron curar

Tras cuatro décadas de poder ininterrumpido, el justicialismo riojano se enfrenta a un desafío inédito. Ni la billetera del kirchnerismo ni el legado de un riojano en la presidencia lograron revertir la dependencia. Hoy, la provincia se ahoga en un océano de empleo público precario, una dirigencia multimillonaria y la estrategia de la dádiva, un…

Tras cuatro décadas de poder ininterrumpido, el justicialismo riojano se enfrenta a un desafío inédito. Ni la billetera del kirchnerismo ni el legado de un riojano en la presidencia lograron revertir la dependencia. Hoy, la provincia se ahoga en un océano de empleo público precario, una dirigencia multimillonaria y la estrategia de la dádiva, un cóctel explosivo que encendió la mecha del voto a Milei y expuso la trampa del poder en el interior.


La Rioja no es solo una provincia, es una lección de historia política sobre cómo el poder, sin un plan de desarrollo genuino, puede convertirse en una trampa mortal. Durante los últimos 30 años, la provincia ha sido el epicentro de un experimento que ha dejado cicatrices profundas: tres presidentes que la tuvieron en su radar, pero que no lograron sacarla de su dependencia crónica.

El primero fue Carlos Menem, el riojano de Anillaco. Su llegada a la presidencia en 1989 generó una expectativa sin igual, pero el sueño de un despegue industrial se convirtió en un espejismo. La promoción industrial, con sus generosos subsidios, atrajo a empresas «golondrinas» que se instalaron para aprovechar los beneficios y se marcharon cuando la miel se acabó. La provincia se volvió adicta a los fondos federales, sentando las bases de una economía ficticia.

Luego, con Néstor Kirchner, la relación fue de confrontación política. Empeñado en borrar el legado de Menem, Kirchner le envió a La Rioja una catarata de millones de pesos. Sin embargo, en lugar de generar un tejido productivo sostenible, los fondos se usaron para financiar obra pública y mantener a flote un aparato estatal sobredimensionado. El dinero sirvió para desplazar la influencia del menemismo, pero no para construir una alternativa económica viable. La dependencia de la coparticipación se mantuvo intacta.

Finalmente, con Alberto Fernández, la historia se repitió. A pesar de una relación política cercana, el grifo de los fondos nacionales no logró revertir la situación. El 95% del presupuesto provincial sigue proviniendo de Buenos Aires, una cifra que demuestra el fracaso de un modelo que ha privilegiado la asistencia por sobre el desarrollo.

La trampa del empleo público y las migajas del Estado

Hoy, la consecuencia más visible de este fracaso es la estructura laboral de la provincia. La única salida laboral real para miles de riojanos es el Estado. La mayoría de los empleados públicos, incluso los más afortunados, cobran salarios que no superan los $600.000, una cifra que se desvanece ante el costo de vida. Para los más precarios, sobre todo en el interior, la situación es mucho más desesperante, con ingresos que rondan los $200.000 o incluso menos.

La dirigencia justicialista, con sus mismos rostros desde 1983, ha administrado esta escasez con una filosofía perversa: dar una «migaja» a todos. Los aumentos salariales son apenas paliativos, bonos que no resuelven el problema de fondo. Esta estrategia, lejos de ser un acto de generosidad, es una forma de comprar la lealtad y mantener el control sobre una población que no tiene otras opciones. La gente ve a funcionarios multimillonarios que se sirven de la política, mientras ellos viven de sueldos miserables y la esperanza de un puesto en la planta estatal. Es este contraste lo que encendió la mecha del voto contra el justicialismo.

El interior: el respirador artificial del poder

La victoria electoral del justicialismo durante décadas tiene un secreto a voces: el interior provincial. Los departamentos más humildes y postergados han sido el bastión de un aparato clientelar que se ha mantenido intacto desde 1983. Mientras que en los centros urbanos como Capital y Chilecito el justicialismo ha perdido votos, el interior ha sido su respirador artificial.

La estrategia es clara y efectiva: por cada voto que se pierde en los barrios acomodados, se compensa con la lealtad de la gente que vive en la precariedad de los departamentos rurales. En estos lugares, la política es una relación personalista, donde la dádiva y la asistencia se intercambian por votos. Esta estrategia se replica en los barrios más vulnerables de las propias ciudades, donde el justicialismo activa su maquinaria para garantizar el triunfo.

La trampa eterna de la interna

A la hora de las elecciones, el justicialismo riojano perfeccionó una táctica de supervivencia. El partido se fragmenta en «oficialistas» y «disidentes» para cubrir todos los frentes. La gente, que cree en una interna genuina, le da su voto a un «disidente» con la esperanza de un cambio. Pero la historia se repite con crueldad: tras los comicios, todos vuelven a ser «amigos» y los que creyeron en el cambio quedan fuera del sistema. El ejemplo más claro fue el de Luis Beder Herrera en 2019, que le hizo el trabajo sucio al actual gobernador Ricardo Quintela, restándole votos al radical Julio Martínez y garantizando la victoria del oficialismo.

La Rioja es un reflejo de un justicialismo que no entendió el mensaje de las urnas. No fue el ajuste de Milei, sino el hartazgo de una clase dirigente que se sirvió de la política. Un pueblo que, en su desesperación, prefirió un salto al vacío antes que la continuidad de un modelo que solo le ha garantizado la dependencia, la precariedad y una desigualdad cada vez más abismal. La pregunta es si el justicialismo riojano aprenderá la lección o si, fiel a su historia, seguirá abrazado a la trampa que construyó, a costa del futuro de la provincia.


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