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La trampa del interior riojano: cómo el peronismo sobrevive con el respirador de los olvidados

El justicialismo perdió el favor de Capital y Chilecito, los dos grandes centros urbanos. Pero el aparato sigue intacto en el interior, en los departamentos más humildes y postergados, donde la política se maneja con la lógica de la dádiva. La estrategia es sencilla: encender la llama en los barrios más vulnerables de las ciudades para compensar con la lealtad del voto del interior profundo.


La victoria electoral del peronismo en La Rioja desde 1983 hasta la fecha tiene un nombre y un apellido: el interior provincial. Más que un fenómeno de adhesión ideológica, se trata de una estrategia de supervivencia política que se apoya en una estructura clientelar que ha dado resultados infalibles. El peronismo, que históricamente ha gobernado la provincia, ha encontrado en los departamentos más humildes y postergados su verdadero respirador artificial para mantenerse en el poder.

En los últimos años, este modelo comenzó a mostrar signos de agotamiento. Los dos principales centros urbanos de la provincia, Capital y Chilecito, se han mostrado cada vez más reacios al oficialismo. El descontento, la falta de oportunidades genuinas y la percepción de una dirigencia desconectada de la realidad se tradujeron en votos en contra del justicialismo. La gente de las ciudades, con mayor acceso a la información y a otras opciones políticas, ha comenzado a buscar alternativas que rompan con el status quo.

Sin embargo, el peronismo riojano ha sabido adaptarse a este nuevo escenario. La estrategia es clara: si el voto opositor crece en los centros urbanos, hay que asegurar la lealtad del voto en el interior y reforzar el trabajo en los barrios más vulnerables de las propias ciudades. La lógica es simple: por cada voto que se pierde en la clase media de Capital o Chilecito, hay que compensarlo con votos de la gente que vive en los departamentos postergados y en los barrios más humildes de esos mismos distritos.

En los departamentos del interior, la política se maneja con una lógica diferente. No se discuten grandes proyectos de desarrollo, sino que se administra la escasez. La maquinaria del aparato peronista se pone en marcha, con punteros que conocen de cerca las necesidades de cada familia. La promesa no es un futuro mejor, sino una ayuda inmediata: una caja de alimentos, una garrafa de gas, un puesto de trabajo precario en la municipalidad. En estos departamentos, la relación entre el poder y el electorado es directa y personalista, y la lealtad se construye a través de la dádiva y la asistencia.

Esta estrategia, aunque criticada por su falta de visión a largo plazo, ha demostrado ser efectiva. El voto del interior, sumado a los votos de los barrios más carenciados de Capital y Chilecito, ha sido suficiente para compensar la pérdida de apoyo en los sectores más urbanos. El peronismo riojano ha logrado construir una base de poder sólida que, más que en la convicción, se sustenta en la dependencia. Y mientras esa base de apoyo siga intacta, la provincia continuará anclada en un modelo que, lejos de generar riqueza, solo logra administrar la pobreza.

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