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La trampa eterna del peronismo riojano: cómo la «unidad» en la derrota garantiza el poder y deja a los disidentes en la lona

En La Rioja, los años electorales son un ritual previsible. El peronismo se fragmenta en «oficialistas» y «disidentes» para cubrir todos los frentes. La historia de la elección de 2019, cuando Beder Herrera le hizo el trabajo sucio a Quintela, es la prueba de un sistema que mantiene el poder intacto desde 1983 a costa de los que creen en la interna.


En La Rioja, la política tiene el ritmo de un tango: siempre se vuelve a los mismos pasos. A medida que se acercan las elecciones, el ritual se repite con una precisión casi matemática. El peronismo, que gobierna la provincia de manera ininterrumpida desde 1983, vuelve a poner en marcha su maquinaria de supervivencia: la fragmentación controlada.

Por un lado, aparecen los peronistas «ortodoxos», aquellos que se alinean detrás del gobernador de turno, en este caso, Ricardo Quintela. Son el ala del poder, los que tienen los recursos, los cargos y la bendición del aparato. Por el otro, emergen los «disidentes», aquellos que, bajo el paraguas de un espacio justicialista «no opositor», critican la gestión, prometen renovación y se presentan como la alternativa a la cúpula actual.

La estrategia es brillante en su simpleza. El peronismo riojano, con esta maniobra, logra capturar el voto de los leales al aparato, pero también se hace con el de los descontentos que, sin ser opositores, buscan un cambio. La gente, que cree genuinamente en una interna partidaria, le da su voto a un «disidente» con la esperanza de que, finalmente, el peronismo se renueve desde adentro.

Pero la historia, siempre la misma, se repite con crueldad. Una vez que las urnas se cierran y los votos se cuentan, los disidentes quedan fuera del sistema, mientras que el peronismo, como un milagro, se recompone. El «oficialismo» y los «disidentes» se vuelven a abrazar, el poder se consolida y la gente que creyó en la interna queda en el limbo, con una sensación de engaño que se repite cada cuatro años.

El ejemplo más claro de esta táctica se vivió en las elecciones de 2019. Luis Beder Herrera, el histórico exgobernador y líder de una de las facciones del peronismo, se presentó como candidato para la gobernación. Lo hizo sabiendo que no tenía chances de ganar, pero con un objetivo claro: restarle votos a la oposición, en este caso, al radical Julio Martínez. Los votantes, en su mayoría peronistas, se dividieron. Una parte votó por Quintela, el candidato del oficialismo, y otra por Beder Herrera, el «disidente» que le hizo el trabajo sucio. El resultado fue el esperado: la oposición no logró capitalizar el descontento y Ricardo Quintela ganó la elección con una holgada ventaja.

Esta maniobra no es un error de cálculo, sino una pieza fundamental de un sistema que ha mantenido al peronismo en el poder por más de cuatro décadas. Es la trampa eterna de La Rioja: la ilusión de una interna que no existe, la certeza de una derrota controlada para los disidentes y, sobre todo, la perpetuación de un poder que, con la excusa de la «unidad», se mantiene intacto. El peronismo riojano no es un partido, es una cofradía que se fragmenta para ganar y se une para gobernar. Y los que pagan el precio de esta estrategia son siempre los mismos: los que creyeron en el cambio.

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