Atados a una fuerte dependencia financiera de la Casa de Gobierno, los intendentes del interior mantienen una postura de silencio frente a la disputa por el poder. Su rol de «espectadores» de la interna justicialista es el reflejo de un sistema que premia la lealtad por sobre la autonomía.
En el complejo ajedrez de la política riojana, donde la interna del justicialismo se libra con ferocidad, los intendentes del interior provincial mantienen un «silencio cómplice». Lejos de ser actores principales en la disputa por el poder, se convirtieron en «meros espectadores», con un rol pasivo en una contienda que definirá el futuro del peronismo.
La razón de este silencio no es la falta de interés, sino la «dependencia financiera de la Casa de Gobierno». Los intendentes saben que su gestión se sostiene con los fondos que llegan del gobierno provincial y que un quiebre en la relación con el quintelismo, que hoy controla el partido, podría significar la paralización de sus obras y la falta de recursos para pagar los sueldos. Por eso, optan por la cautela, prefiriendo no tomar partido en una interna que podría costarles muy caro.
En este contexto, las próximas elecciones legislativas se convierten en un test de lealtad. El gobernador Ricardo Quintela sabe que el apoyo de los intendentes del interior es crucial para asegurar la victoria de sus candidatos. El «silencio cómplice» de los intendentes, que se traduce en una lealtad silenciosa, es lo que el justicialismo necesita para movilizar a sus bases en los departamentos que son el bastión del peronismo riojano. La estrategia del gobernador de «ir por todo» se apoya en una estructura política que, aunque silenciada, le es leal por conveniencia. La Rioja, de este modo, se prepara para una contienda electoral donde el futuro del peronismo se definirá, en gran medida, por el silencio de sus principales actores en el interior.












































