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El nene que va a la escuela a caballo y la mujer que se recibió a los 57 años ante sus padres de 92: las historias de la educación rural riojana que emocionaron al país

El profesor José Moya, del Colegio N° 21 de los parajes Barrial y San Lorenzo, compartió dos historias que se viralizaron y pusieron en el centro del debate el valor de la escuela pública rural: Alan recorre 5 kilómetros a pelo de caballo para llegar a clases; Teresita Vera terminó la secundaria mientras cuidaba a sus padres nonagenarios, quienes donaron el terreno donde hoy funciona la escuela.


Hay dos historias que salieron esta semana desde los parajes rurales del departamento Capital de La Rioja y que en pocas horas recorrieron el país entero. No son historias de política ni de economía. Son historias de personas que decidieron que aprender valía más que cualquier obstáculo, y de un docente que decidió contarlas porque entendió que el mundo necesitaba escucharlas.

El profesor José Moya, del Colegio N° 21 que funciona en los parajes Barrial —sobre la Ruta 6— y San Lorenzo —sobre la Ruta 5—, compartió el universo cotidiano de la educación rural riojana. Un universo donde la falta de transporte, las distancias imposibles y la pobreza de infraestructura no lograron, hasta ahora, apagar el deseo de aprender de quienes viven en los márgenes más alejados del sistema educativo formal.

Alan: cinco kilómetros a pelo de caballo, todos los días

El video lo grabó el propio Moya y se viralizó con una velocidad que él mismo no esperaba. En las imágenes se ve a Alan, un niño de 11 años, montando a pelo su caballo por un sendero de tierra mientras regresa a su casa después de la escuela. Lo que la imagen no muestra pero el docente relató es lo que ocurre antes: Alan recorre cinco kilómetros por esos mismos senderos cada mañana para llegar al colegio, sin transporte, sin camino asfaltado y sin que eso parezca pesarle demasiado.

Moya explicó el propósito detrás de la decisión de difundir ese video: concientizar sobre el valor real de la educación en los contextos más adversos y derribar los prejuicios que la sociedad urbana suele proyectar sobre los estudiantes del campo. «No hay que etiquetarlos —dijo el docente—. Hay que brindarles las mismas herramientas que en la ciudad para que puedan superarse.»

La frase condensa una filosofía pedagógica que en los parajes rurales del interior argentino no es retórica sino necesidad concreta. Los chicos que llegan a caballo, a pie o en bicicleta por caminos de tierra no son menos capaces ni menos ambiciosos que los que llegan en auto a una escuela del centro de la capital. Son, en todo caso, más tenaces. Y merecen exactamente las mismas oportunidades.

Teresita: el título secundario a los 57 años, con sus padres de 92 como testigos

Si la historia de Alan emocionó por su cotidianeidad heroica, la de Teresita Vera impacta por su dimensión simbólica y familiar. Teresita comenzó sus estudios secundarios en 2019, el mismo año en que se inauguró el Colegio N° 21 en el paraje Barrial. Tenía entonces 51 años y tenía también una razón poderosa para no haber podido estudiar antes: el cuidado de sus padres ancianos, que dependían de ella.

Pero cuando la escuela llegó al paraje —literalmente a su puerta, sobre el terreno que sus propios padres donaron para que el edificio pudiera construirse— Teresita no dudó. Se anotó, cursó, persistió y esta semana se convirtió en símbolo de todo lo que la escuela pública rural puede hacer cuando llega a donde tiene que llegar.

El momento de la entrega del título fue el que partió en dos la entrevista de Moya. Sus padres, ambos de 92 años, estuvieron presentes en la ceremonia de egreso. Los mismos que décadas atrás donaron el terreno para que hubiera una escuela en el paraje. Los mismos que no pudieron ver a su hija terminar la secundaria cuando era joven, pero que vivieron para verla recibir su diploma a los 57. Una escena que ningún guionista hubiera tenido la audacia de escribir porque la realidad, cuando quiere, supera con creces a la ficción.

«A pesar de estar al cuidado de sus padres ancianos, Teresita no abandonó su meta», subrayó Moya, con la emoción contenida de quien conoce de cerca el esfuerzo que ese logro costó. Para el colegio, para el paraje y para todos los que siguieron su historia, Teresita Vera es hoy mucho más que una egresada: es la demostración viviente de que nunca es tarde cuando la voluntad es genuina y cuando el Estado llega a tiempo con la escuela.

El sacrificio invisible de los docentes rurales

Las historias de Alan y Teresita no existirían sin alguien dispuesto a estar ahí para recibirlos. Y ese alguien tiene también su propia historia de sacrificio, menos visible pero igualmente significativa.

El profesor Moya describió la rutina de los docentes rurales del Colegio N° 21 con una precisión que deja en evidencia lo que el sistema educativo les exige sin que casi nadie lo registre. La jornada comienza a las 4 de la mañana para tomar el colectivo hacia la zona rural y termina pasadas las 20:30 horas cuando regresan. Casi 17 horas de día para ocho horas de clase en un paraje al que no cualquiera está dispuesto a ir.

Las dificultades de transporte y las grandes distancias —algunos alumnos recorren hasta 50 kilómetros para llegar a la escuela— determinaron que el secundario funcione con jornada completa tres veces por semana, un formato que busca compensar la imposibilidad de la presencialidad diaria sin sacrificar la calidad ni la carga horaria que los estudiantes necesitan.

Egresados que llegan a la universidad: el impacto que nadie ve

En un contexto en que los parajes rurales enfrentan el riesgo real de despoblamiento por la migración de los jóvenes hacia las ciudades en busca de trabajo, el Colegio N° 21 exhibe un dato que debería figurar en cualquier balance sobre el impacto de la escuela pública: varios de sus egresados continúan estudios universitarios en la UNLaR, en carreras como Abogacía y Veterinaria.

Chicos que llegaban a caballo o a pie por senderos de tierra están hoy estudiando en la universidad. El circuito que parecía imposible —paraje rural, escuela secundaria, universidad— se está cerrando gracias a docentes como Moya y a instituciones que decidieron llegar donde el mercado no llega y donde el Estado tiene la obligación de estar.

«Ver que los chicos pueden salir de este lugar y formarse es lo que más amo de mi profesión», dijo el docente al cierre de la entrevista. Una frase sencilla que resume algo que los debates sobre política educativa suelen perder de vista: que detrás de cada estadística de cobertura, de cada indicador de egreso, de cada porcentaje de matriculación, hay un niño de 11 años que cruza cinco kilómetros a caballo porque quiere aprender. Y un maestro que se levanta a las 4 de la mañana para estar ahí cuando llegue.

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