El subsecretario de Educación Municipal, Guillermo Pereyra, salió a descomprimir el conflicto generado por la falta de información sobre las obras en el sitio más sagrado de la fe riojana. El convenio firmado con los franciscanos establece prioridad absoluta para las actividades religiosas, preservación de la estructura histórica y un mecanismo de salida que protege a la Orden: con 45 días de aviso previo, recupera la administración completa y retiene todas las mejoras edilicias.
El predio de Las Padercitas, escenario central del Tincunaco y corazón simbólico de la religiosidad popular riojana, está en el centro de un conflicto que mezcla obra pública, gestión patrimonial y tensión comunitaria. El subsecretario de Educación Municipal de la capital, Guillermo Pereyra, salió al cruce de las versiones que circulaban en la comunidad y brindó precisiones sobre el convenio firmado entre la Municipalidad de La Rioja y la Orden Franciscana, propietaria legal de los títulos del predio.
Los términos del acuerdo
El convenio fue suscripto entre la Orden Franciscana y el área de Obras Públicas del municipio. Su estructura central establece una cesión de la administración del predio al municipio por un período de diez años, durante el cual el gobierno local asume el compromiso de ejecutar las obras de mejora en un plazo máximo de dieciocho meses.
Dos cláusulas definen el carácter del acuerdo y responden a las preocupaciones de la comunidad creyente. La primera es la garantía de uso religioso: cualquier actividad de fe tiene prioridad absoluta sobre otros usos culturales o turísticos que pudieran programarse en el espacio. La segunda es la cláusula de rescisión: la Orden Franciscana puede recuperar la administración total del predio con un aviso previo de apenas 45 días, y en ese caso todas las mejoras edilicias ejecutadas por el municipio quedan en manos de la institución religiosa. Es decir, la Orden no resigna soberanía: cede la gestión operativa pero conserva el control estratégico del espacio.
Puesta en valor, no demolición
Ante el temor extendido entre los vecinos de que las obras pudieran alterar la fisonomía histórica del lugar, Pereyra fue categórico: «los muros no se tocan». El funcionario trazó una distinción conceptual entre puesta en valor y remodelación integral, y comparó la intervención proyectada con la realizada en la Vieja Estación, donde la conservación patrimonial fue el criterio rector.
Las obras contempladas apuntan a resolver problemas estructurales concretos —recuperación de techos y paredes con riesgo de derrumbe por falta de mantenimiento— y a mejorar las condiciones de acceso y entorno: iluminación del predio, senderos de hormigón para facilitar la circulación y mejora de espacios verdes comunes. Ninguna intervención que altere la estructura histórica está prevista en el proyecto.
El error de comunicación que encendió la mecha
Pereyra reconoció sin rodeos que el conflicto tiene un origen claro: fallas en la comunicación del proyecto. La realización de eventos que resultaron chocantes para los fieles —desfiles, degustaciones— en un espacio que la comunidad asocia exclusivamente con la devoción generó una reacción de rechazo que el municipio no supo anticipar ni gestionar a tiempo. «La duda es lo que ha generado la movida de la gente», admitió el funcionario, quien se posicionó como actor neutral en la mediación entre las partes.
Para revertir ese déficit, Pereyra anunció que mantendrá reuniones con los vecinos de la zona donde se mostrarán los renders del proyecto y el texto completo del convenio. La apuesta es que la transparencia tardía logre lo que la opacidad inicial impidió: que la comunidad se apropie del proceso de mejora y lo respalde como propio.
El Tincunaco como límite simbólico
El conflicto en torno a Las Padercitas no es un debate menor de gestión municipal. El sitio es el corazón ritual del Tincunaco, la celebración sincrética del 31 de diciembre que constituye la expresión más profunda de la identidad cultural y religiosa de La Rioja, con reconocimiento patrimonial nacional. Cualquier intervención en ese espacio —o cualquier percepción de que ese espacio puede ser resignificado con fines ajenos a la fe— activa una respuesta comunitaria inmediata y transversal que excede la política partidaria. El municipio aprendió esa lección de la manera más difícil. El desafío ahora es recuperar la confianza antes de que las máquinas entren al predio.












































